UN AZUL DE FRÍO (Fragmento)
Ella brotó de una grieta invisible y dijo señor, me quiere matar, ayúdeme; él quedó inmóvil sin saber qué hacer, ayúdeme por favor, qué le pasa, me quiere matar. Las ramas más altas de los árboles ocultaban las farolas, por eso la calle estaba casi a oscuras esa noche de invierno, y por eso Leonardo caminaba midiendo los pasos para no tropezar, retrasando su llegada a la estación de trenes de Villa del Parque.
De dónde,
cuándo, quién, cómo, lo inesperado, la urgencia, las frases, el pasado, los
miedos, las pesadillas y sobre todo el temor a lo que no se ve, a lo que no
está presente, lo paralizaron.
Ella, tan
joven como él, lo miraba como los desesperados miran a los santos de yeso
cuando ruegan por un milagro.
Uno, dos,
tres segundos.
Por fin
salió de su estupor y la tomó de un brazo, no de la mano porque le pareció que
no correspondía; la tomó como se suele tomar de un brazo al niño travieso o al
alumno indisciplinado o a un preso, y empezó a caminar con ella hasta la
estación de trenes, el único punto de luz visible desde allí, esas dos cuadras,
con paso firme, sin correr. Uno, dos, uno, dos.
Alrededor
las sombras, los adoquines y las ramas se habían vuelto azules.
Un viento
helado los partía de frente.
Ella era
leve y se dejaba sujetar sin quejas, pese a que la mano del desconocido
apretaba fuerte y podía dejarle una marca; sin mirarlo, le dijo que el marido
siempre la golpeaba, pero que esa noche, por primera vez (hablaba casi
hipando), la había amenazado con un cuchillo y que con ese cuchillo la mataría,
que por eso salió corriendo, volando de la casa como un pájaro, devorando el
aire, sin caer en la cuenta de que dejaba a sus dos hijos… ¡Cállese! dijo él de
pronto, porque había creído oír algo, pero no era nada, solo el viento agitando
las ramas.
La estación
nunca llegaba, la longitud de los pasos le parecía a Leonardo cada vez más
corta y la noche más cerrada.
La noche,
la noche puta, pensaba. Qué indefenso se sentía de noche.
Buscó en
los bolsillos de su abrigo el atado de cigarrillos y encendió uno sin dejar de
caminar, uno, dos, uno, dos, maniobrando con una sola mano, porque la otra
seguía aferrando el brazo de la mujer.
Llegó como
una ráfaga el recuerdo de otra noche, una padecida en el servicio militar, en
medio del campo, cuando el sargento le ordenó que apagara el cigarrillo recién
encendido…
La mujer
murmuraba mi marido, la cocina, el cuchillo, mis hijos…
El
cigarrillo encendido, decía el sargento, es una referencia visual para el
enemigo…
Ella se
ahogaba en su saliva. Respiraba mal y después callaba de repente, y cuando
dejaba de susurrar todo se llenaba de un silencio tramposo, donde él rastreaba
posibles ecos de pisadas. De un momento a otro podía aparecer entre la
oscuridad el imaginario homicida en mangas de camisa, lo figuraba en mangas de
camisa pese al frío, increpándolo.
¿Quién es
este tipo? ¡Soltá a mi mujer que te mato!
¡No se
confunda!
La esquina,
fin de la vereda, el cordón, la calle, los adoquines y algo que brilla entre
los adoquines, restos de rieles de tranvías que ya no circulan, unos metros más
allá el otro cordón, otra vereda, baldosas, luego una curva, a la izquierda los
alambrados que separan las vías del tren, la estación está más cerca, y ella
balbuceando, estoy loca, dejé a los chicos, dice que estoy loca… Y él sin saber
qué contestar.
Entraron.
Vio enseguida a dos o tres personas de pie frente a la ventanilla; detrás, el
vendedor de pasajes, lo que le trajo tranquilidad. Una de las personas se dio
vuelta para ver, primero a la mujer y luego a él.
Ya podía
soltar a la fugitiva, supuso, pero ella le retuvo la mano. Voy a llamar a la
policía dijo él, no, no lo haga, por favor, ya está.
Entonces la
miró por primera vez, porque hasta ese momento era apenas un cuerpo, un bulto
nocturno, un aliento cálido; observó su pelo revuelto, sus ojos enrojecidos, su
batón verde. Le dijo que se llamaba Graciela y le propuso dejar la estación, la
luz, para volver a la oscuridad, pero del otro lado de las vías del tren, a
tomar algo fuerte en un bar.
Después de
que el sargento le hiciera apagar el cigarrillo, oyó risas ahogadas del otro
lado del bosque, de los supuestos enemigos, de la otra compañía. De improviso
en la oscuridad asomaron cinco o seis luminosidades provenientes de otros
tantos cigarrillos, y las risas crecieron en volumen… Entonces miró al
sargento, que dio vuelta la cara, y el joven soldado se sintió como un idiota.
Doblaron
por Cuenca, después por Nogoyá, después por Nazca. Todo cerrado. Él espiaba
hacia atrás cada dos veredas, todavía temeroso, ella lo observaba en silencio.
Entonces la mujer del batón verde le propuso ir al hotel. Que entraran a ese hotel por horas que quedaba cruzando la calle, como una pareja de enamorados, hasta que saliera el sol, y las alarmas de la noche, la amenaza, el cuchillo y el marido, se esfumaran entre la gente de la mañana, entre los chicos del colegio, los repartidores de cartas, los automóviles y los ómnibus…


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