Cositas de nuestras Primeras Damas (22)

Para mil novecientos ochenta y ocho, Mercedes Villada Achával de Lonardi tenía 85 años y padecía una osteoporosis implacable, por culpa de la cual había ido a dar con sus huesos al suelo y de allí al sanatorio. La cadera, la misma que meneaba divertida al ritmo de una música alegre un día antes del derrocamiento de Juan Domingo Perón, bailando para sus amigas con un sombrero en la cabeza, había estallado como una copa de cristal. Y pensar que los que la rodeaban aseguraban que estaba hecha de acero. No era para menos: en 1952 se había animado a meterse en el auto del general Pedro Aramburu para conminarlo a encabezar el golpe de Estado. Su esposo, el general retirado Eduardo Lonardi, pasaba entonces una temporada en la cárcel debido a sus afanes conspirativos. El encuentro con Aramburu respondió a un pedido expreso de su marido: la delicada misión no habría tenido mejor intérprete y ejecutor que su propia mujer.

Mercedes o Mecha, como la llamaban sus íntimos, vivió sola sus últimos años en el piso 20 de un departamento de la calle Arenales, que cuenta con una espectacular vista al río. Nunca pasó apremios económicos y por eso pudo eludir el destino que la vida, la más de las veces, depara a los viejos: acabar en un geriátrico o someterse a la dependencia despótica de un familiar a quien, seguramente, alguna vez le cambió los pañales.



Los médicos que la operaron de la cadera, en el sanatorio Otamendi, sabían el riesgo que corrían con aquella paciente de 85 años que debía enfrentarse a una anestesia total con un corazón debilitado, pero no había opciones. Las primeras horas transcurridas después de la intervención quirúrgica fueron tranquilizadoras; la paciente había respondido más allá de las expectativas. Mas cuando nada hacía prever un contratiempo, ocurrió una fatalidad. La anciana se recuperaba en su cama y estaba a punto de probar su primera sopa cuando se atragantó con el líquido: la convulsión que siguió le produjo un problema cardíaco. Pese a los intentos que se hicieron para reanimarla, todo resultó inútil. 

Mercedes había nacido el 1° de septiembre de 1903 en Santa Fe, mientras su padre, el cordobés Clemente Segundo Villada, era presidente de la Suprema Corte de Justicia de esa provincia. Aseguraba la familia Lonardi que este Villada era descendiente directo del fundador de Córdoba, Don Jerónimo Luis de Cabrera. Su madre fue Mercedes Achával Ávila, quien también pertenecía a una familia tradicional de la provincia mediterránea.

Marta Lonardi, uno de los cinco hijos del futuro matrimonio y, quizás, el más notorio, recordó así el encuentro de sus padres: "Mi tía Rosa estaba casada con un doctor Fierro que tenía categoría de militar. La invitó a mamá a llevarla al campamento donde se estaban haciendo unas maniobras militares y allí conoció a papá. Ahí comenzó el romance que derivó en el casamiento".



Los novios se siguieron frecuentando desde entonces hasta que Mercedes cumplió los 23 años, cuando la pareja decidió casarse en una iglesia de Córdoba. Formalizado el matrimonio, los hijos no tardaron en llegar; primero fue el turno de Eduardo, futuro militar, y más tarde siguieron Ernesto, Marta, Susana y Andrés.

La señora de Lonardi no fue un ama de casa tradicional gracias a su buena posición económica, lo que le permitió derivar en el personal de servicio las fatigosas tareas cotidianas hogareñas. Nunca cocinó, nunca cosió siquiera un ruedo o un par de botones y menos aún planchó, aunque más no sea el uniforme de su marido. Tejía, eso si, con gran destreza, y dedicaba la mayor parte de sus horas a sus cinco hijos.

En sus ratos libres escribía poesías o escuchaba música, pero lo que realmente la apasionaba era jugar al bridge con sus amigas (un hábito que la acompañó hasta la muerte) y, por sobre todas las cosas, hablar de política con su marido. Desde que en 1930 los militares alteraron el orden democrático del país, la actualidad pública no pasaba inadvertida en los hogares castrenses. Nada nuevo para Mercedes, quien se crio en el seno de una familia conservadora cercana al poder, habituada a las sobremesas prolongadas, al chisme parlamentario y a las revelaciones más sorprendentes sobre la conducta del funcionario de turno o de algún negociado en ciernes.

Mercedes tomó parte de los preparativos del golpe contra Perón en forma activa y  acompañó a su marido en las horas claves previas al movimiento militar. 

Sus restos están enterrados junto a los de su esposo en el mausoleo de la familia Paz en el cementerio de la Recoleta.






Comentarios

Entradas populares