AQUELLOS SUFRIDOS AÑOS SESENTA

 Vistos en retrospectiva, los sesenta evocan años de libertad e imaginación. De flower power, de hippies y camisas floreadas, de la rebelión del mayo francés, el Che, del pelo largo y los Beatles, la explosión del rock. Y la enumeración podría seguir añadiendo la nueva literatura, la nueva filosofía… todo nuevo. Hasta culminar con la llegada del hombre a la Luna. En ese primer vistazo se deja de lado la otra cara de la década: el asesinato de los hermanos Kennedy (John y Robert), de Martin Luther King, la guerra de Vietnam, la crisis de los misiles o el hambre de los chicos de Biafra con el vientre hinchado. En aquel mundo de tantos contrastes, la Argentina no escapó a las generales de la ley, ya que mientras en la superficie lo que predominó fue el autoritarismo y la represión, subyació aquel mismo espíritu de cambio, manifestado sobre todo en la expresiones artísticas y en la aparición de los primeros movimientos guerrilleros.

La democracia había sido herida en el 55 y venía tambaleando desde entonces. La presidencia del radical Arturo Frondizi nunca pudo hacer pie y terminó el 29 de marzo de 1962, con el apresamiento del mandatario, quien fue enviado detenido a la isla Martín García. Desde el 29 de marzo hasta el 11 de octubre del año siguiente se vivió una transición pactada, donde gobernó el presidente provisional del Senado, José María Guido. Durante su agitada gestión, los jefes del ejército resolvieron sus disputas internas en la ciudad de Buenos Aires, sacando tropas y tanques a la calle. Un grupo se denominaba “azul” y el otro, “colorado”, los dos fervientemente antiperonistas. Se impuso el segundo, a raíz de lo cual ganó protagonismo su jefe más visible, el general Juan Carlos Onganía.


Hubo nuevamente elecciones en 1963, pero otra vez con la proscripción del peronismo. Las ganó un radical, Arturo Illia, quien tomó dos medidas audaces: la anulación de los contratos petroleros que había firmado Frondizi, y la sanción de la ley de Medicamentos. Ambas acciones le valieron la oposición de poderosos grupos de presión: las petroleras norteamericanas y los laboratorios internacionales. La prensa se le puso en contra difundiendo la imagen de un presidente viejo y lento (lo caricaturizaban como una tortuga), y la CGT puso en marcha un durísimo “plan de lucha” con repetidos paros, ocupaciones de fábricas y huelgas generales. Como no podía ocurrir de otra manera en aquella Argentina tan esquiva a respetar los términos constitucionales, un nuevo golpe de Estado (1966) puso fin al gobierno del médico de Pergamino.



Con Onganía en la Casa Rosada se vivió una experiencia inédita: por primera vez los militares se atrevieron a crear un articulado propio que antepusieron a la Constitución Nacional. El engendro se llamaba “Acta de la Revolución Argentina”. Es que Onganía (apodado “la morsa” por sus bigotes), no quería plazos para su gobierno y soñaba con una larga estadía en Balcarce 50. Fue duro, como lo recuerda la noche del 29 de julio de 1966 (la de “los bastones largos”) cuando los soldados sacaron a bastonazos a los estudiantes y profesores de la Universidad de Buenos Aires. Pero la olla a presión en la que se había convertido el país terminó estallando el 29 de mayo de 1969 con el levantamiento popular conocido como el Cordobazo.



En medio de tanta oscuridad, los sesenta fueron también los años en que la televisión se convirtió en la reina del hogar. Con solo cuatro canales y a antena limpia (no había cable todavía), hizo populares a decenas de figuras como Cacho Fontana, Pinky, Blackie, Carlos D’Agostino, Pipo Mancera, Antonio Carrizo, Brizuela Méndez, Colomba y tantos otros. Abundó en programas humorísticos como Telecómicos, La Tuerca, Operación Ja Ja, Tato Bores y Telecataplum, o musicales como Casino Philips, Tropicana, La Familia GESA, El Club del Clan, Escalera a la Fama.

Había que reír o bailar, pero frente a la caja boba. Porque la realidad era en blanco y negro como la tele, y no dejaba margen para mucho más.


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