Victoria Romero. Victoria
“… la intriga, el perjurio y la traición han hecho que desaparezca (el Chacho Peñaloza) del modo más afrentoso y sin piedad, dándole una muerte a usanza de turco, de hombres sin civilización, sin religión; para castigo la muerte era lo bastante, pero no despedazar a un hombre como lo hace un león; el pulso tiembla, señor General: haber presenciado y visto por mis propios ojos descuartizar a mi marido, dejando en la orfandad a mi familia y a mí en la última miseria, siendo yo la befa y el ludibrio de los que antes recibieron de mi marido y de mí, todas las consideraciones y servicios que estaban a nuestros alcances. Me han quitado derechos de estancia, hacienda, menaje y todo cuanto hemos poseído; los últimos restos me quitan por perjuicios que dicen haber inferido la gente que mandaba mi marido, me exigen pruebas y documentos de haber tenido yo algo; me tomaron dos cargas de petacas por mandato del señor coronel Arredondo, donde estaban todos mis papeles, testamentos, hijuelas, donaciones y cuanto a mí me pertenecía. Se me volvió la ropa mía de vestir, de donde resultó que no tengo como acreditar ni los dos mil pesos que V.E. tuvo a bien donarme, por hacerme gracias y buena obra, por lo que suplico a V.E. se digne informar sobre esto al Juez de esta ciudad, para que a cuenta de esto me deje parte del menaje de la casa, siquiera por esta cantidad que expreso”.
Así le escribía Victoria Romero de Peñaloza, viuda del Chacho, a Justo José de Urquiza en 1863. Para entonces, la mujer tenía cerca de sesenta años y estaba sola y en la ruina. Había sido la mujer valiente de un hombre valiente.
Cuenta José Hernández, en su Vida del Chacho que una vez ella salvó la vida del caudillo: “...viendo el peligro en que se hallaba (el Chacho), reúne a unos cuantos soldados y poniéndose a su frente se precipita sobre los que atacaban a Peñaloza, con una decisión que habría honrado a cualquier guerrero”. Como consecuencia de su acción la mujer recibió un sablazo que le causó una herida desde la frente hasta la boca. Una copla popular hacía referencia al incidente:
si usted quiere que le cuente
se vino de Tucumán
con una herida en la frente.
Doña Vito o La Chacha, como la llamaban, luego del asesinato de su marido no solo fue despojada de todo, sino que hasta fue humillada por el gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, obligada a barrer todos los días la plaza principal.
“Victoria barre la plaza arrastrando las cadenas.
Tiene casi sesenta años y barre la plaza, de punta a punta, toda la plaza, arrastrando las cadenas.
Victoria, Victoria Romero, Doña Vito, la mujer del Chacho Peñaloza, riojana, barre la plaza encadenada bajo el cielo de San Juan y la mirada del Maestro de América.
Asesinaron a su marido, el general de la nación Ángel Vicente Peñaloza, delante de ella. Y luego le cortaron la cabeza y la clavaron en una pica. Y a ella, a Victoria, la Chacha, le quitaron todo, su casa, sus mantillas, sus muebles, sus ollas, su ropa, su herencia, y la llevaron a pie hasta San Juan y le hicieron barrer la plaza encadenada durante días. Victoria Romero. Victoria” (Las Difuntas, Rodolfo Piovera).



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