Cositas de nuestras Primeras Damas (23)

 “Mi querido compañero” o “Mi amigo y compañero”, eran las fórmulas que empleaba Encarnación Ezcurra para encabezar la correspondencia dirigida a su esposo, Juan Manuel de Rosas. Y solía finalizar las cartas con el mismo tono: “Un adiós de tu afectísima amiga” o “Adiós te dice tu compañera”. Nada de “Amor mío” o “Mi adorado”, como se estilaba por entonces. Estamos hablando de hace casi doscientos años, de la década del treinta del ochocientos. ¿Quién era esa mujer que se ponía en pie de igualdad con su marido, en una época donde lo común era la sumisión? La hija de la criolla Teodora Josefa Arguibel, hija de un francés, y del español Juan Ignacio de Ezcurra; quinta entre nueve hermanos, dos varones y siete mujeres. Nacida en 1795, diez años después que la bellísima María Josefa, su hermana y gran amor de Manuel Belgrano.


Mucho se dijo del carácter y la fuerte personalidad de Encarnación, poniendo el acento en su rudeza y malos modos. Los detractores de Rosas la apostrofaron de mil maneras, dijeron que era mal hablada, casi ignorante, fea y hasta sanguinaria. Si hasta parece que el tango “Se dice de mí”, que tantas veces interpretó Tita Merello, hubiese sido compuesto pensando en ella.

¿Tan mala era? Su marido no pensaba lo mismo. Se casó muy pronto, con 20 años; Encarnación tenía dos menos. No fue fácil llevar a cabo la ceremonia. Las dos familias se oponían al matrimonio, pero la pareja estaba tan decidida que recurrió a un ardid para obtener el permiso: dejaron a la vista una carta en la que se hablaba de un embarazo, en realidad inexistente. 



Murió joven Encarnación, después de haber concebido cuatro hijos, uno de ellos fallecido a poco de nacer. Tenía 43 años. Los funerales fueron imponentes, jamás la ciudad había visto algo así. Y también los más tristes. Una multitud calculada en veinticinco mil personas, cifra impresionante para la época, llevó a pulso el ataúd hasta la iglesia de San Francisco. Hubo luto obligatorio por dos años y se celebraron casi doscientas misas en su memoria. Rosas levantó un templo en su honor, la iglesia Nuestra Señora de Balvanera, ubicada en el actual barrio del Once, donde se encuentra el santuario de San Expedito.

Casi cien años después un pariente suyo, el obispo Marcos Ezcurra, la calificó como “santa”, porque al decidirse en 1925 el traslado de sus restos al cementerio de la Recoleta, y abrirse el ataúd para recoger las cenizas, halló el cadáver absolutamente incorrupto. “Los cabellos, la piel de la cara y de las manos, conservaban su integridad, lo mismo que el resto del cuerpo (…) Vestía el hábito de Santo Domingo con que doña Encarnación fue sepultada", dijo Ezcurra.


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