1956: La gran epidemia

Las siete plagas de Egipto parecían haberse desatado a mediados de los cincuenta en la Argentina. Primero había sido el bombardeo sobre la Plaza de Mayo, después el golpe de Estado, las persecuciones, los exilios, las profanaciones, los fusilamientos… y como broche terrible la epidemia de poliomielitis de 1956. Para colmo de males el gobierno de Aramburu había comenzado a desmontar pacientemente la infraestructura sanitaria erigida durante la gestión del doctor Carrillo, afectando el funcionamiento de los hospitales y los institutos. La enfermedad, entonces, hizo estragos y conmovió al país, que asistió casi impotente a la propagación de un mal que particularmente afectaba a los niños.

¿Qué es la polio? Todavía las crónicas de la época la señalaban bajo un nombre que hoy suena extraño: enfermedad de Heine-Medin, por el apellido de los científicos que la habían descubierto. La transmite un virus, es contagiosa e infecta y destruye las neuronas motoras. Esa destrucción causa debilidad muscular y parálisis aguda flácida, y por ser los niños sus principales víctimas se la llama parálisis infantil. En el peor de los casos puede causar parálisis permanente o la muerte al detenerse el diafragma.



No era la primera vez que un brote de ese tipo afectaba al país: ya lo había hecho en 1943 con graves consecuencias. Pero nunca había alcanzado el nivel de mortalidad y afección discapacitante alcanzado en 1956.

Palabras como polio, pulmotor, silla de ruedas se incorporaron rápidamente al lenguaje popular a medida que avanza la enfermedad a pasos gigantescos: a excepción de algunas provincias como Santa Cruz y Tierra del Fuego (por entonces territorio nacional), afectó al resto de país: alrededor de seis mil niños. Los titulares de los periódicos reflejaban, de modo dramático, la urgencia por combatirla y asistir a los afectados. 

El recuerdo que queda de aquella época aún perdura en la memoria de quienes vieron casi con impotencia el horror del avance de la enfermedad, cuyo paliativo para las formas asfixiantes era el pulmotor o pulmón de acero, ausente en muchos centros asistenciales.

Los padres, aterrados, recurrieron a medidas precautorias como limpiar aguas estancadas, pintar cordones y colgar en el cuerpo de los chicos una bolsita con alcanfor por sus propiedades desinfectantes. Eran medidas desesperadas ante un mal cuyo tratamiento todavía era incierto. 



El estado, por su parte, suspendió las clases y prohibió toda práctica deportiva. Y para evitar la propagación del virus ordenó cuarentenas, vigilancias, desinfección de ferrocarriles y automóviles, cordones sanitarios en plazas y escuelas, exterminio de insectos, limpieza de espacios públicos, y aconsejó la aplicación de gotas nasales y realización de gárgaras. A los niños se les recomendaba también la ingesta de una o dos pastillas de clorato de potasio por día


Comentarios

Entradas populares