LAS DIFUNTAS (fragmento de la novela)

"...Caminaba con dificultad por el interior del estrecho templete observando con morosidad los objetos, prótesis por prótesis, férula por férula, y también las imágenes, los cuadros que colgaban de las paredes. Tanto artefacto lo agobiaba. Todo estaba demasiado cerca, las sillas de ruedas aun plegadas estorbaban el paso, el humo agrio de las velas hacía arder la garganta. No existían allí las tres dimensiones, los sonidos y las palabras morían sin resonar, las toses quedaban atrapadas en el puño.

Agachado debajo del retrato de Victoria Romero advirtió un dibujo muy extraño, el de un hombre sin cabeza. Se aproximó para mirarlo en detalle, pero la imagen casi se disipó; retrocedió y la figura volvió a hacerse medianamente visible. Su nitidez dependía de la distancia del observador. Por un momento creyó que era el grafiti de alguien que quiso dejar su huella, pero luego de reparar en la silueta notó que contenía demasiados elementos para ser considerada solo una gracia. 

Si tuviera una linterna, dijo, y empezó a buscar la llave de la luz, pero la luz ya estaba encendida, aunque era escasa: un tubo fluorescente de bajo voltaje colocado sobre el cuadro de las Difuntas, que para colmo parpadeaba. No había otra fuente luminosa. Usaría los fósforos, pero tuvo miedo de provocar un incendio por los vapores del encierro, la combustibilidad de las carpetitas de hule y las flores podridas...".



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