Cositas de nuestras Primeras Damas (9)
Cuando Arturo Illia se puso de novio con la que sería su única esposa, Silvia Elvira Martorell Kaswalder (1915-1966), la futura familia política se incomodó bastante con el pretendiente: ¿cómo te vas a casar con ese viejo?, le decían. El “viejo” tenía solo 36 años al momento de comenzar a noviar y tuvo 39 cuando dio el sí, pero aparentaba muchos años más, una característica física que lo acompañó toda su vida. Silvia era dieciséis años menor, y había conocido a quien sería su marido cuando solo tenía trece, aunque ni Arturo, flamante médico, ni Silvia, temprana adolescente, fueron en aquel momento más allá del saludo de rigor. Illia le dijo “Hola, mocosita. ¿Cómo estás?”. Palabras que, pese a su sencillez, digamos casi pueblerina, impactaron en la muchachita: ese hombre mayor que había viajado ya para entonces por medio mundo, actuaba en política, era médico y se había dirigido a ella con una singular familiaridad.
Nunca olvidó Silvia aquel momento, aunque recién volvió a ver a Illia casi siete años después. La niña entonces ya era una mujer, una criollita bastante atractiva de veinte años y muy pretendida, pero pudo más el recuerdo, aquella semilla de amor sembrada en su adolescencia por el doctor radical.
La pareja comenzó a noviar con todos los límites que se imponían en la época (estamos hablando de fines de la década del treinta), agudizados en este caso por la molestia que provocaba en el padre de Silvia, el ingeniero Arturo Martorell, ver a su hija con aquel “viejo” de costumbres tan anticuadas, algo que contrastaba frente a la vitalidad y modernidad de Chunguita, que así le decían a la nena.
Cuando no había más remedio que invitarlo a comer, Illia para colmo nunca llegaba a horario. Primero, porque no usaba reloj, y segundo porque se iba quedando un poco aquí y otro allá, charlando con sus correligionarios o sus pacientes. Los novios pese a todo siguieron adelante, aún con las ausencias del médico radical, ya entonces con la agenda cargada de obligaciones políticas. Quizás esas ausencias, sumado a la impulsividad de ella, precipitaron una definición. Pero el padre de Silvia no se daba por vencido. Una vez, cuando llegó el momento de planificar las vacaciones, Don Martorell cambió el lugar de destino tradicional: no irían a Cruz del Eje (donde vivía Illia), a la casa de sus familiares, sino a Puerto Belgrano, bien lejos, para que la pareja no entrara en contacto.
No cuesta demasiado imaginar los berrinches de Chunguita por la novedad y la firme oposición del padre, manteniéndose en sus trece, que no por nada era el jefe de la familia y quien tomaba las decisiones en la casa. El ingeniero se había jugado una carta brava, pero no contó con que su “contrincante” guardaba un as en la manga...
Cuando Illia no vio a Silvia en Cruz del Eje viajó hasta Calera (Córdoba), a la casa de una hermana de su novia, para preguntar por ella. Allí se enteró de lo de Puerto Belgrano, y sin dudarlo viajó al sur. Se presentó en casa de los Martorell, besó a su novia, y luego de los saludos de rigor encaró directamente al padre:
—¿Sabe don Arturo, doña Mecha (la madre de Silvia), que nos casamos con Chunguita?
¡Plop! hizo el ingeniero. ¡Plop! hizo Mecha. Hasta que, con una sonrisa nerviosa, y mientras miraba de soslayo a la nena, preguntó temeroso:
—Bueno… ¿Para cuándo?...
—Mañana.
¡Mañana! Mañana era mañana, veinticuatro horas más tarde... ¿Cómo era posible? ¿Y los preparativos, las invitaciones, la fiesta, el traje...? Las preguntas deben haber llovido delante de las caras felices y traviesas de los novios... Pero la decisión ya estaba tomada: mañana.
Lo máximo que pudo conseguir la familia de la novia fue una prórroga de... ¡48 horas! Lo mínimo que obtuvieron para darles al menos tiempo de comprar el ajuar.
Finalmente, los Illia se casaron ante Dios en la iglesia Stella Maris de Puerto Belgrano, y ante la ley en el Registro Civil de Punta Alta el 15 de febrero de 1939. Los padrinos fueron los padres de Silvia, ya que Illia ni siquiera avisó a su familia: recién les dio la noticia con los hechos consumados, lo que causó un gran disgusto y el convencimiento de que la nuera había sido la responsable: ¡Esa mocosa!...



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