Cositas de nuestras Primeras Damas (5)
"Ella no estaba preparada mentalmente para ser la esposa del presidente. Nunca lo pensó, nunca se le hubiese ocurrido", admitió Rodolfo Guido al autor de este artículo una mañana de 1996. Hacía referencia a su madre, Purificación Areal, nacida en Santiago del Estero el 21 de febrero de 1921, esposa del radical José María Guido, quien ejerció la presidencia de la nación durante un año y medio, entre marzo de 1962 y octubre de 1963.
Por esa razón, “porque no estaba preparada mentalmente”, la señora de Guido sufrió cada instante en Olivos y llevaba la cuenta de los minutos que faltaban para que su marido cumpliese con el cometido principal de su gestión: entregar el mando a las próximas autoridades constituidas.
Tanta amargura y sobresalto tuvieron su impacto sobre ella, ya que fue en Olivos donde aparecieron sus primeros problemas de salud, no atribuibles a la edad, ya que la señora tenía apenas 41 años.
La primera dama solía hacer largas caminatas por los jardines de la residencia presidencial acompañada por sus amigas de toda la vida o por vecinas del barrio. En el último tiempo había mostrado algunos inconvenientes al caminar: se le aflojaban las rodillas. Los médicos dijeron que era un problema de irrigación en las piernas y por eso decidieron operarla. Además, le realizaron un injerto a la altura de las vértebras cervicales para recuperar la sensibilidad que estaba perdiendo en el tren inferior del cuerpo. En ese estado de salud dejó Olivos.
Ya de regreso a sus tareas de ama de casa, Purificación se fue recuperando, volvió a caminar bien, hasta que sobrevino un nuevo retroceso. Un cuadro de esclerosis medular, que fue avanzando muy lentamente y la obligó a usar silla de ruedas.
"Y cuando muere papi, prácticamente no le quedaron más ganas de seguir luchando contra la enfermedad. Había empezado a usar bastón, pero después no quiso levantarse más de la silla de ruedas", dijo su hija Amalia. Guido murió de cáncer a la vejiga poco después de haber sido operado de pólipos: le hicieron un tratamiento con células vivas que no hizo más que acelerar el final.
Desde el fallecimiento de Guido, los años de Pura fueron muy tristes. Su enfermedad -que limitó su radio de acción al ámbito de la casa- y la falta de amistades, la fueron encerrando cada vez más en sí misma. En un momento determinado fue a vivir en Viedma junto a su hija, pensando que a lo mejor los buenos recuerdos pasados en esa ciudad podían devolverle la alegría. Estuvo un año y medio, pero después volvió al departamento de Buenos Aires donde más tarde tuvo otra crisis de salud.
Dos grandes temores le crearon las últimas inquietudes: no poder morir en el departamento donde velaron a su marido y hacerlo sin poder ver a sus nietos.
Conocí a la viuda de Guido una mañana de sábado de 1996, en el departamento de su hijo Rodolfo, en Buenos Aires. La habían traído especialmente del geriátrico donde se encontraba internada. Me emocioné al verla sentada en su silla de ruedas y escuchar su voz pequeña, cargada de giros y modismos provincianos. En general estaba lúcida y recordaba con bastante precisión algunos episodios vividos durante su corta gestión como Primera Dama de la nación. Se enorgullecía al recordar cierta cena en Olivos con un miembro de la realeza europea que se sentó a su lado, y mencionaba a su marido con tanto afecto como si aún estuviera con vida.
Consciente de su anonimato, satisfecha de su pasado silencioso, contó una anécdota sencilla, sin moralejas. Una anécdota a su medida:
"Un día estaba sentada en una cena al lado de Aramburu. Le dije:
—Usted es Aramburu.
Él me contestó:
—¿Cómo sabe?
—Bueno, por las fotos —le respondí.
Y me presenté:
—Yo soy la señora de Guido.
—Encantado de conocerla -me dijo-. Nunca supimos quién era la señora de Guido.
—Gracias, señor —le contesté".



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