Cositas de nuestras Primeras Damas (18)

 No solo las esposas oficiaron de primeras damas de los presidentes o gobernadores, sino a veces también una hermana o una hija, como fue el caso de Hipólito Yrigoyen, quien murió soltero, con su hija Elena, o más acá en el tiempo con Carlos Menem y su hija Zulemita. Ese fue el caso de Manuela Robustiana Ortiz de Rosas o simplemente Manuelita Rosas, como pasó a la historia la hija de quien fuera gobernador de Buenos Aires durante veinte años. A la muerte de su madre, Encarnación Ezcurra (1838), la joven asumió el papel de una primera dama y como tal la presentaba Rosas a los representantes extranjeros.



En el Diario de Samuel Greene Arnold, citado por Sáenz Quesada, se recuerdan estas palabras de Rosas al yanqui en una ocasión de una visita a la residencia de Palermo: "Esta es mi mujer, me dijo (Rosas) señalando a Manuelita; tengo que alimentarla y vestirla y eso es todo -no puedo tener con ella los placeres del matrimonio-; dicen que es hija mía, pero yo no sé por qué; cuando estuve casado teníamos con nosotros en la casa a un gallego y puede ser que el la engendrara. Se la doy a usted, señor, para que sea su mujer y podrá tener con ella, no solamente los inconvenientes sino también las satisfacciones del matrimonio".



Las palabras recordadas por el estadounidense no deben tomarse de manera literal. Rosas era muy afecto a las bromas y le gastó una al por entonces joven comerciante, luego convertido en político en su país.

Manuelita era tan influyente que muchas veces conseguía el indulto o la condonación de una pena intercediendo ante su padre, luego de escuchar a la esposa o a la hija afligida debajo de un aromo plantado por ella, que daba sombra en los terrenos de Palermo. Aquel árbol pasó a la historia como “el aromo del perdón”. No tuvo éxito con el caso de Camila O’Gorman, a pesar de su gestión. En una carta le contaba a su amiga: 



“Señorita Doña Camila O’Gorman. Querida Camila: Lorenzo Torrecillas os impondrá fielmente de cuanto en vuestro favor he suplicado a mi Sr. padre Dn. Juan M. de Rosas. Camila: Lacerada por la doliente situación que me hacéis saber os pido tengáis entereza suficiente para poder salvar la distancia que aún os resta a fin de que yo a mi lado pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza. Y en el ínterin, recibid uno y mil besos de vuestra afectísima y cariñosa amiga. Manuela de Rosas y Ezcurra

Después de Caseros, se exilió con su padre en Inglaterra, y a pocos meses de su llegada se casó con su amor de toda la vida, Máximo Terrero, en la iglesia católica de Southampton. Dicen que su padre nunca se lo perdonó, a pesar de que su “niña” contaba ya para entonces con 35 años.


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