Cositas de nuestras Primeras Damas (17)
"Es doloroso que un joven tan inteligente como usted se encuentre en una cárcel fría y húmeda", le escribió Elena Faggionato (1907-1991) a Arturo Frondizi un día de 1930. Las palabras eran casi una declaración de amor, lo que conmovió profundamente a Frondizi, quien hasta entonces no había tenido tiempo para pensar en las cosas del querer. Su vida pasaba por el cerebro, no por el corazón: estudio, política, filosofía, lecturas, discusiones. Todo rápido, devorando caminos, como si la vida fuese una brasa a punto de extinguirse. El joven había sido arrestado junto a un grupo de muchachos que manifestaban contra el régimen de Uriburu por las calles de Buenos Aires, lo que le costó dos días sin dormir en el Departamento Central de Policía y otros veinte en la cárcel de Villa Devoto.
Las familias se conocían desde siempre, porque tenían un origen italiano común: el pueblito de Gubbio. Pero el trato entre Elena y Arturo nunca había ido más allá del saludo formal. Arturo, no bien salió de la cárcel, fue a visitar a Elena para agradecerle su carta: así empezó el romance que culminó en casamiento tres años después, el 5 de enero de 1933. Antes de eso, todos fueron rituales de novios, aunque no de novios muy comunes. No hubo sesiones de zaguán, como se estilaba entonces, ni Arturo se quedaba tieso por horas en un sillón de la sala a la espera de su amada, ni esta le preparaba comidas especiales para demostrarle que era un buen proyecto de ama de casa. Tampoco iban a bailar, muy ocasionalmente concurrían al cine o al teatro, y sus temas de conversación eran casi los mismos que podrían tener dos ancianos profesores de la facultad. La joven pareja prefería pasar sus momentos juntos bajo techo: Arturo se sentaba frente al escritorio grande del living del viejo departamento de los Faggionato, en pleno barrio de Caballito, para dictarle a Elena todo tipo de informaciones que ella volcaba prolijamente y con letra clara en cientos de hojas que luego encarpetaba y archivaba por riguroso orden temático.
¿Anécdotas? De todos los viajes al exterior que realizó la pareja presidencial, Elena siempre recordó el realizado a Bélgica en tiempos del rey Balduino, con quien compartió una divertidísima anécdota. El monarca había invitado a los Frondizi a alojarse en su palacio y el mismo los acompañó a la planta alta, donde estaban las habitaciones que les había destinado como dormitorio. Una vez allí, con una sonrisa, les dijo "Yo duermo aquí abajo. Si necesitan algo, golpeen con el zapato que yo subo".
En Holanda, la reina Juliana no fue menos amable y horas antes de una recepción oficial se le acercó a Elena y le dijo: "Tenga cuidado con su vestido de esta noche. La condecoración que se le va a poner tiene una cinta anaranjada muy fea". Elena pensó un momento y le respondió que en ese caso se pondría un vestido de color marfil. "Perfecto -le respondió la reina- Con el quedará muy bien",
Por último, un aporte tomado de una nota del periodista Alberto Amato: “Cuando Ernesto Che Guevara visitó en secreto al país en agosto de 1961, fue llevado directo a Olivos para hablar con Frondizi. Fue entonces cuando le reveló su intención de exportar la Revolución Cubana a la Argentina a través de la guerra de guerrillas, experiencia, la de la guerrilla, que ya había iniciado el peronismo en 1959 con el grupo Uturuncos. En medio de esa tensa charla entre el presidente y el guerrillero ministro de Cuba, Elena Faggionato hizo una pregunta que estableció de inmediato la distancia entre la realidad y los sueños:
—Comandante, ¿usted comió
—No, señora —le dijo Guevara.
—¿No le gustaría un churrasco?
—¡Sí, y jugoso si es posible!”.
Y a otra cosa”.





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