Cositas de nuestras Primeras Damas (16)
Delfina Vedia (1819-1882), la esposa de Bartolomé Mitre vivió un episodio muy doloroso a raíz del suicidio de uno de sus hijos, episodio que le fue ocultado durante un tiempo. Estos fueron los acontecimientos:
Jorge Mariano Mitre, cuarto hijo de los seis que tuvo el matrimonio, habría sido un adolescente problemático que volvía loca a toda la familia con sus ocurrencias. Era un flâneur, amaba la poesía, era también muy enamoradizo y poco respetuoso de las normas convencionales. Su padre quiso remediar esa situación comprometiéndolo en un trabajo con responsabilidades, y le encargó a su amigo, el general Paunero, flamante embajador en Brasil, que lo incorporara a la legación argentina en aquel país. ¡Se lo sacó de encima! ¿Delfina habrá estado de acuerdo con esa decisión o no tuvo más remedio que aceptarla? Y así fue como a los dieciocho años, y muy a su disgusto, el muchacho viajó a Río de Janeiro.
Una versión dice que, una noche, caminaba por la playa a la luz de la luna cuando de repente una mujer se le acercó y le dijo que su “amita”, una niña que lo miraba desde su ventana, lo quería conocer. Jorge habría ido hacia allí muy decidido, pero la niña se arrepintió enseguida de la invitación y se escondió dentro de la casa. Es tímida, señor, “le debe haber dado un poco de miedo”, dijo la esclava. Vuelva otro día. Y Jorge cumplió, porque a la noche siguiente regresó a caminar por la playa hasta la casa de la niña esquiva. Se acercó a la ventana, no había nadie, la curiosidad lo desbordó y entró de un salto a la sala. Ya adentro no tardó en encontrar el cuarto de la adolescente, que casi se desmaya del susto al verlo. ¿Qué se habrán dicho? Jorge apenas manejaba el portugués y la chica, por la sorpresa, se supone que balbucearía. ¿Qué fantasía se habrá hecho el joven argentino con esa intromisión? ¿Quiso jugar a Romeo y Julieta? No tuvo demasiado tiempo para imaginar, porque enseguida se oyeron unos pasos, y aquí el gran desatino. Dicen que Jorge se escondió debajo de una cama, no de la de la niña sino de otra. Y allí se quedó callado y le hizo una seña a la chiquilla para que no dijera nada. Entonces apareció una de las hermanas mayores. ¿Te pasa algo?, debe haber dicho a su hermana. No, ¿por qué? Por tu cara, parece que hubieras visto un fantasma. La niña cortejada por Jorge no dijo nada, o dijo otra cosa, y entonces su hermana se acostó. ¿Dónde? En la cama donde debajo estaba escondido el hijo de Delfina Vedia.
Un ruido, el roce de la tela contra el suelo, una tos ahogada, un suspiro… No se sabe qué fue exactamente, pero algo pasó, algo que provenía de debajo de la cama llamó la atención de la hermana mayor, quien entonces estiró la mano hasta tocar el cuerpo de Jorge. ¡Ay! Un grito, un alarido, lo que fuere, profirió la chica en medio del silencio de la casa. Y hubo escándalo esa noche frente a la playa de Río de Janeiro no bien se hicieron presentes en el cuarto el padre, la madre, el resto de los hermanos y la servidumbre...
Llamaron a la policía. Jorge prefirió decir que era un ladrón antes de revelar que se trataba del hijo de Mitre, personaje bien conocido en Brasil porque había comandado el ejército aliado en la guerra contra Paraguay. El muchacho, abochornado, se estremecía con solo pensar que su padre, siempre severo con él, llegara a enterarse del episodio. Conocía de memoria su carácter irascible, sus palabras hirientes, su mirada de hielo. Se lo llevaron detenido a una comisaría, donde a pesar de sus mentiras, las autoridades no tardaron en saber quién era en realidad. Y entonces todo cambió. Lo que había sido destrato, bofetadas y amenazas pasó a ser disculpas y embarazo también, porque no acertaban a contentar a unos y a otros, al padre ofendido que había hecho la denuncia y era un hombre importante en su país, y a las autoridades argentinas. Optaron por un camino intermedio: que el muchacho pasara esa noche en el calabozo y luego liberarlo. Pero el padre de la chiquilina quería otro castigo y pidió que lo expulsaran de Brasil. Y hasta recurrió a la prensa para contar lo que había pasado.
Días después del escándalo la noticia llegó a la Argentina. Y Paunero, el embajador compinche, no tuvo más remedio que programar el regreso urgente de Jorge a Buenos Aires. El hijo casi adolescente de Delfina estaba desesperado por la repercusión que había alcanzado su aventura, y sintiéndose incapaz de afrontar las consecuencias que le esperaban, compró un revólver y una botella de jerez, y se encerró en su cuarto de hotel.
Bebió el jerez poco a poco hasta vaciar la botella, y luego se pegó un tiro en la cabeza. Antes de hacerlo escribió algunas cartas, una de ellas dirigida a su madre, Delfina: “No porque me tiemble el pulso al escribirte estas líneas me falta valor. Muero sin saber por qué”.
Después de leer la carta, Delfina nunca más fue la misma mujer, según quienes la conocieron. Y murió con el corazón roto.





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