Cositas de nuestras primeras damas... (1)
“Clara me pide que te diga que le traigas una chinita”, decía el telegrama dirigido al general Julio Argentino Roca en plena campaña patagónica. Era 1880 y hacía ocho años que Clara Funes se había casado en Córdoba, su ciudad natal, con el joven militar. Para ella, como para toda su generación, la anterior y la que le siguió, y la otra también, chinita se llamaba a las muchachas pobres del interior, a veces de manera despectiva y en otras no tanto. Pero siempre desde cierta altura, como la que ocupaba Clara Funes, para entonces a punto de convertirse en primera dama de la nación.
Clara pedía una chinita, una chica para las tareas domésticas. ¿No tenía ya? Seguro que sí, y más de una, pero quería otra más para poder lidiar mejor con su caserón, sus baúles de ropa y sus -por entonces- cuatro hijos (tendría dos más), tres nenas y un varón, el futuro Julito Roca, quien en 1933 firmaría con Walter Runciman, el encargado de negocios británico, un famoso y vergonzoso acuerdo de comercio en nombre de la Argentina.
Clara podía haber puesto un aviso en el diario y conseguido otra empleada doméstica, o pedir una recomendación a algunas de sus amigas, pero eligió otra vía, más económica y permisiva. Más miserable si se piensa un poquito. Aquella solicitud mediante telegrama de chinita, como quien pide un souvenir o una caja de alfajores, anticipaba el destino de sumisión que le esperaba a la muchachita indígena.



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