“Y aquí estará la fortaleza…” debe haber dicho
Juan de Garay el 11 de junio de 1580 señalando con su dedo el solar que hoy
ocupa la Casa Rosada.
Acababa de fundar la ciudad de la Santísima
Trinidad (hoy Buenos Aires) en la cima de una modesta barranca
frente al Río de la Plata. Y
desde entonces, superando cientos de avatares, el sitio sigue siendo la sede
del poder central. Lo fue primero de los gobernadores, luego de los virreyes, y
tras la Revolución
de Mayo de las Juntas, los Triunviratos, el Directorio y la Presidencia.
Allí vivieron los máximos funcionarios
virreinales, y hasta el presidente de la Primera Junta, Cornelio
Saavedra, cuya mujer María Saturnina Bárbara de Otárola y Ribero, parió allí en
1810 a su hijo Mariano. El hijo de Saavedra tuvo el privilegio de ser bautizado
y apadrinado por dos hombres de Mayo: los vocales Manuel Alberti y Juan Larrea,
respectivamente.
El comienzo de la residencia fue más bien
humilde: apenas un reducto de tierra apisonada rodeado por una muralla,
conteniendo en su interior algunas construcciones de adobe. Su nombre, no
obstante, era pomposo: Real Fortaleza de San Juan Baltasar de Austria. Fue
recién a principios del siglo XVIII cuando el conjunto estuvo más a la altura
de su denominación, al erigirse una obra más sólida, con torreones, garitas de
observación, puente levadizo y un foso en derredor. Lo llamaban “Castillo de
San Miguel”, porque la imagen de ese santo estaba ubicada sobre la puerta principal.
Pasó el tiempo. Después de Bernardino Rivadavia
el lugar fue casi abandonado. El gobernador Juan Manuel de Rosas nunca residió
allí y en 1853 se demolió buena parte a raíz de los trabajos que demandó la construcción
de la Aduana Taylor,
llamada así por el ingeniero Eduardo Taylor, el inglés autor del proyecto. Solo
se salvaron un arco y uno de los edificios interiores.
La
Casa recién volvió a la vida con
Bartolomé Mitre (1862-1868), quien luego de algunas reformas mudó allí su
oficina con todos sus ministros, pese a la abundancia de roedores y otras
plagas. Vaya paradoja: Don Bartolo fue también el primer ex presidente velado
en el recinto, en 1906. El mismo año fueron también despedidos allí los restos
del presidente Manuel Quintana y el ex mandatario Carlos Pellegrini. Sucedió lo
mismo después con Roque Sáenz Peña y Julio Argentino Roca (ambos en 1914),
Marcelo Torcuato de Alvear (en 1942) y Néstor Kirchner (2010). De todos ellos, Roca
fue quien dio forma definitiva a la actual Casa Rosada en 1886, cuando hizo
unir por medio de un pórtico el edificio de Correos que se levantaba en el ala
sur, con otro similar construido en el ala norte. Con tantas demoliciones y
nuevas obras, el producto final es bastante ecléctico, llevando el sello de sus
sucesivos constructores: españoles, suecos, franceses, holandeses, ingleses e
italianos.
La
Casa experimentó uno de sus momentos más
difíciles en 1937, cuando el presidente Agustín P. Justo decidió demoler parte
del ala sur para ensanchar la calle Victoria, luego llamada Hipólito Yrigoyen.
Y el más trágico, sin dudas, el 16 de junio de 1955, cuando los aviones de la Armada arrojaron bombas sobre
ella, destruyéndola en parte y dejando cientos de muertos sobre la Plaza de Mayo.
¿Qué presidente vivió en la
Casa Rosada? Solo uno: Roque Saénz Peña. El
resto prefirió pernoctar en su vivienda particular o, más adelante, en la
quinta de Olivos. Sin embargo, la casona de Balcarce 50 cuenta con un
dormitorio para el presidente, que suele ser utilizado a veces para dormir la
siesta. Allí solía dejar olvidado el sobre con el sueldo don Arturo Illia, ante
el estupor de su esposa Silvia Elvira Martorell, quien lo enviaba a buscar por
un cadete.
¿Por qué es rosada? La leyenda dice que
Sarmiento la mandó a pintar de ese color como símbolo de paz entre los
federales y unitarios. Pero el color unitario no era el blanco sino el celeste.
¿Entonces? En realidad, en aquella época era común pintar las viviendas con cal
mezclada con sangre vacuna, de la que aseguraban que tenía propiedades
hidrófugas y fijadoras…
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