SALVADOR MAZZA, EL MÉDICO QUE CURABA A LOS POBRES
Su nombre quedó asociado para siempre al combate contra el mal de Chagas. Fue uno de los primeros investigadores que se ocuparon de las enfermedades de la pobreza y las explicaron a partir de la marginalidad social.
En 1928, mientras estaba estudiando cultivos
bacterianos en el sótano del Hospital St. Mary, en Londres, el científico
escocés Alexander Fleming descubría la penicilina, responsable desde entonces de
la supervivencia de millones de seres humanos. El mismo año en la provincia
argentina de Jujuy, apenas poblada todavía (un poco menos de ochenta mil
habitantes, según el censo de 1914), el médico bonaerense Salvador Mazza,
ganado por las mismas inquietudes, inauguraba
¿Quién era Mazza, ese investigador capaz de
ponerse a la altura de Fleming, aunque trabajando en un pequeño laboratorio ubicado
en la periferia del mundo científico, en el extremo norte de una Argentina aún
en ciernes? Un fruto generoso de la inmigración. Sus padres, Francesco y Giuseppa
Alfise, habían nacido en Sicilia. Él, en Buenos Aires (1886), aunque su
infancia transcurrió en la ciudad bonaerense de Rauch. A los diez años ingresó
al Nacional Buenos Aires, a los diecisiete estaba en
El doctor Mazza fue un adelantado en medicina
sanitaria. No satisfecho con la creación de una institución científica en Jujuy
y la instalación de un laboratorio para estudiar enfermedades endémicas, logró
que le construyeran un vagón de ferrocarril y le otorgaran un pase libre para
transitar con él por todo el país. Con ese tren equipado con un laboratorio y
un consultorio completos (que él mismo diseñó), recorrió
En el tren se hacía de todo: extracciones de sangre, cultivos, exámenes serológicos, inoculaciones, biopsias, etcétera. A pesar de la precariedad de los medios o lo difícil de cada caso, Mazza no bajaba la guardia. Ni cuando tuvo que hacer una punción lumbar en una carpa de un campamento de obreros ferroviarios, o una autopsia en el suelo, al aire libre, en una toldería indígena. Al mismo tiempo, como si su descomunal esfuerzo no hubiera sido suficiente, visitaba las villas más pequeñas para instruir a la población acerca de los cuidados que había que tener para no enfermarse y hacía demostraciones prácticas para los médicos.
La misión se mantuvo en Jujuy durante veinte años. En 1946 se trasladó a Buenos Aires, pero ya no fue lo mismo. Mazza falleció justo ese año en México, adonde asistía a un congreso internacional sobre Chagas. La institución sintió el impacto de la pérdida de su mentor y fue mermando en sus prestaciones. Al final fue disuelta en 1959 bajo el argumento de que allí no se realizaban trabajos de investigación que justificaran los motivos para los cuales había sido creada.
Mazza murió de un infarto cardíaco, y según todo parece indicarlo, a causa de la tripanosomiasis en la forma cardíaco-crónica. Como otros tantos médicos antes y después, la enfermedad que buscaba erradicar cobró en él una nueva víctima. Aunque se fue joven –con sesenta años cumplidos- es muy probable que no hubiera querido más epitafio que su destino.



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