SALVADOR MAZZA, EL MÉDICO QUE CURABA A LOS POBRES

Su nombre quedó asociado para siempre al combate contra el mal de Chagas. Fue uno de los primeros investigadores que se ocuparon de las enfermedades de la pobreza y las explicaron a partir de la marginalidad social.

En 1928, mientras estaba estudiando cultivos bacterianos en el sótano del Hospital St. Mary, en Londres, el científico escocés Alexander Fleming descubría la penicilina, responsable desde entonces de la supervivencia de millones de seres humanos. El mismo año en la provincia argentina de Jujuy, apenas poblada todavía (un poco menos de ochenta mil habitantes, según el censo de 1914), el médico bonaerense Salvador Mazza, ganado por las mismas inquietudes, inauguraba la MEPRA (Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina), la institución ocupada de las endemias más importante en toda la historia del país. Mazza luchaba científicamente en el laboratorio del instituto contra el Mal de Chagas, enfermedad de la pobreza y el subdesarrollo, que ya había sido descubierta por el brasileño Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas. Años más tarde, los meridianos se iban a cruzar. En 1942 el argentino Mazza entró en contacto con Fleming para obtener el cultivo original de la penicilina. Luego de superar algunos errores y dificultades, al año siguiente la MEPRA logró producir el antibiótico, comprobándose en el exterior que el medicamento era de excelente calidad. El círculo virtuoso se había cerrado con felicidad.

¿Quién era Mazza, ese investigador capaz de ponerse a la altura de Fleming, aunque trabajando en un pequeño laboratorio ubicado en la periferia del mundo científico, en el extremo norte de una Argentina aún en ciernes? Un fruto generoso de la inmigración. Sus padres, Francesco y Giuseppa Alfise, habían nacido en Sicilia. Él, en Buenos Aires (1886), aunque su infancia transcurrió en la ciudad bonaerense de Rauch. A los diez años ingresó al Nacional Buenos Aires, a los diecisiete estaba en la Facultad de Medicina. A los veinticuatro era médico, pero antes debió costearse los estudios trabajando como profesor de latín, francés y empleado de correo. A los veintiocho se casó con Clorinda Razori, su compañera y asistente de toda la vida. Todo indicaba que se establecería en la ciudad y ganaría dinero atendiendo pacientes. Pero el doctor Mazza ya había dado señales inconfundibles de que sus metas eran otras: todavía no se había recibido y ya era ayudante de laboratorio de la Cátedra de Epidemiología del profesor Penna. Y al año siguiente de su graduación presentó su tesis titulada  “Formas nerviosas y cutáneas del aracnoidismo”.

El doctor Mazza fue un adelantado en medicina sanitaria. No satisfecho con la creación de una institución científica en Jujuy y la instalación de un laboratorio para estudiar enfermedades endémicas, logró que le construyeran un vagón de ferrocarril y le otorgaran un pase libre para transitar con él por todo el país. Con ese tren equipado con un laboratorio y un consultorio completos (que él mismo diseñó), recorrió la Argentina de un extremo al otro, investigando en todas partes y asesorando a muchos médicos que requerían su ayuda.

En el tren se hacía de todo: extracciones de sangre, cultivos, exámenes serológicos, inoculaciones, biopsias, etcétera. A pesar de la precariedad de los medios o lo difícil de cada caso, Mazza  no bajaba la guardia. Ni cuando tuvo que hacer una punción lumbar en una carpa de un campamento de obreros ferroviarios, o una autopsia en el suelo, al aire libre, en una toldería indígena. Al mismo tiempo, como si su descomunal esfuerzo no hubiera sido suficiente, visitaba las villas más pequeñas para instruir a la población acerca de los cuidados que había que tener para no enfermarse y hacía demostraciones prácticas para los médicos.

La misión se mantuvo en Jujuy durante veinte años. En 1946 se trasladó a Buenos Aires, pero ya no fue lo mismo. Mazza falleció justo ese año en México, adonde  asistía a un congreso internacional sobre Chagas. La institución sintió el impacto de la pérdida de su mentor y fue mermando en sus prestaciones. Al final fue disuelta en 1959 bajo el argumento de que allí no se realizaban trabajos de investigación que justificaran los motivos para los cuales había sido creada.

Mazza murió de un infarto cardíaco, y según todo parece indicarlo, a causa de la tripanosomiasis en la forma cardíaco-crónica. Como otros tantos médicos antes y después, la enfermedad que buscaba erradicar cobró en él una nueva víctima. Aunque se fue joven –con sesenta años cumplidos- es muy probable que no hubiera querido más epitafio que su destino.






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