LOS DEMONIOS (fragmento de la novela)

"Era de noche y llovía. El buque de la Marina se abría paso lento por aquel jarabe oscuro en que se había convertido el mar, meciéndose apenas, sonámbulo, en una deriva controlada. Ya había pasado la hora del rancho, y el comedor de oficiales apenas conservaba el eco de los vozarrones, y el aroma de los cigarrillos y las pipas. Pero no todos dormían. En uno de los camarotes principales el capitán Barba leía con voracidad las páginas del Boletín del Centro Naval. Nunca había imaginado sentirse tan atraído por un texto desde los tiempos del Liceo, cuando un guardiamarina le acercó unas Memorias de una Princesa Rusa que devoró afiebrado. Pero esa noche no eran los jadeos de Vavara Softa los que lo atrapaban sino las explicaciones del japonés Mitsuo Fuchida en su artículo Yo mandé el ataque aéreo contra Pearl Harbor. Fuchida había sido el piloto que lideró el primer raid sobre la flota norteamericana y quien transmitió el famoso ¡Tora, tora, tora! anunciando la victoria.

"A medida que leía, las palabras de Fuchida se convertían en rayos y bombas en la cabeza de Barba, en raides zigzagueantes, explosiones y truenos cuando Fuchida poeta desgranaba sus recuerdos de Pearl Harbor, en humo, sangre, barcos perforados y vuelos al ras cada vez que Fuchida aedo encaraba un nuevo párrafo. El capitán Barba, aviador naval, tuvo entonces una iluminación, un rapto de inspiración. Abandonó por un segundo las aguas del archipiélago de Hawái y miró el techo amarfilado de su camarote argentino. Y le pareció concebible que la Casa Rosada pudiera convertirse alguna vez en la flota norteamericana anclada en Pearl Harbor. ¿Por qué no? Y él en Mitsuo Fuchida a bordo de su avión, liderando una bandada de cazas que zigzaguearían sobre la Plaza de Mayo como pájaros de la muerte, pájaros negros picudos con las barrigas llenas de pólvora. ¿Por qué no? Y la Casa donde Perón salía al balcón y se abrazaba con Evita, hecha escombros, hecha polvo, sepultada por centenares de bombas grises y marrones. ¿Por qué no?, pensó Barba. Y el sueño fue llegando lento, despacio, al ritmo de cuna que imponía el barco de la marina, por aquel jarabe oscuro esa noche de lluvia. 
Su mano abandonaba ya en el piso el ejemplar del Boletín del Centro Naval, su cabeza caía de lado y sus piernas llegaban hasta la punta del catre, laxas… cuando entonces, recién entonces, cayó en la cuenta de que el estruendo de los aviones había enmascarado la cuestión de fondo, la traición. De tan fascinado por la hazaña aérea no había reparado en los pies de barro de la traición. En el cáncer de la traición. Y por un instante dudó. Solo por un instante. Después, un relámpago iluminó su cara...", (Madrid, Editorial Vitruvio, 2017)



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