Los años veinte y el contubernio

 Es conocida la anécdota de que Sarmiento se enteró de que había sido elegido presidente (1868) cuando se encontraba en alta mar, de regreso a su país. Este hecho curioso se repitió por segunda vez en nuestra historia con Marcelo Torcuato de Alvear (1922), quien supo que era el sucesor de Hipólito Yrigoyen mientras residía en París junto a su esposa Regina Pacini. Alvear, miembro de una de las familias más distinguidas de la sociedad argentina, se hallaba exactamente en el palacio de Coeur Volant, que había obsequiado a su mujer en el cenit de su romance con la famosa soprano portuguesa, a quien desposó en 1907.

Que Alvear haya sido presidente no sorprende, pero quizás sí que lo fuera por la Unión Cívica Radical, en cuyas filas militaba la clase media y no la oligarquía. Esa contradicción no tardó en estallar y manifestarse por el lado de la politiquería. Los radicales se dividieron entre quienes estaban con Alvear y quienes con Yrigoyen. Los primeros tejieron alianzas entre gallos y medianoches con socialistas (los tan particulares socialistas argentinos…), conservadores y demócrata progresistas (esa coalición fue llamada, en forma despectiva, Contubernio) y terminaron presentándose unidos a las elecciones del 28 con la fórmula Melo–Gallo. Todo valía con tal de que el caudillo Yrigoyen no volviera al poder. Pero no pudieron lograr su cometido. El viejo líder arrasó en las urnas y fue reelecto: dobló en votos a sus opositores.

Lejos de darse por vencidos, los derrotados buscaron nuevos aliados, esta vez en las Fuerzas Armadas, y junto con la colaboración de la prensa fueron minando la débil resistencia que opuso el presidente de casi ochenta años. Así se llegó en 1930 a la fatídica fecha del 6 de septiembre, que inauguró la serie de golpes militares que afectaron la institucionalidad del país hasta 1983.

Entretanto, el país iba mostrando facetas cambiantes, nuevos perfiles que tenían que ver con su inserción en el mundo. La dependencia absoluta del mercado británico empezó a resquebrajarse, con la novedad del aumento de las inversiones estadounidenses.  

La industria, que con bríos había empezado a crecer durante la segunda década del siglo, empezaba a tener inconvenientes. Hubo honrosas excepciones, por supuesto. Fue el caso de Siam (Sección Industrial Amasadoras Mecánicas) fundada en 1911 por el joven italiano Torcuato Di Tella. Comenzó fabricando amasadoras para pan (de allí su nombre), para pasar enseguida a producir surtidores de nafta, bombeadores y artefactos eléctricos.

La llegada del ferrocarril y de colonos extranjeros permitió el desarrollo del valle del Río Negro, que pronto se haría famoso por sus manzanas. En el Chaco se comenzó a cultivar algodón con rendimientos espectaculares, aunque también con un alto costo medioambiental. La falta de infraestructura impidió un desarrollo sustentable en el tiempo.

En la ciudad era tiempo de vanguardias. En literatura fue la hora de los grupos de Boedo y de Florida. Los de Boedo se declaraban partidarios del realismo social y de la literatura involucrada con las necesidades de la gente. Algunos de sus adherentes fueron Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, Roberto Mariani, Leónidas Barletta y César Tiempo

Los de Florida criticaban a los académicos y subrayaban la importancia de la metáfora por sobre todas las cosas. Hablamos de Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Eduardo González Lanuza y Eduardo Mallea, entre otros.

En el cine, que ya había encarnado en el público con fuerza, nacían las primeras estrellas de la pantalla, como la bella Nedda Francy, protagonista de Borrachera de tango (1928) o María Esther Podestá, actriz en Bajo el sol de la Pampa (1925). Sin embargo, las estrellas favoritas eran extranjeras, como Charles Chaplin o Rodolfo Valentino. El cine todavía no era sonoro –recién lo fue a partir de 1933- y durante las proyecciones era común que una orquesta acompañara en vivo las imágenes con música. La que si se oía y mucho era la radio: para fines de los años veinte ya se habían vendido cerca de medio millón de receptores.



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