LA MUJER Y EL MATRIMONIO HACE MIL AÑOS

Esta es la tercera nota de la serie "Cómo se vivía hace mil años")

Alrededor del año 1000, la Iglesia —cuyo poder se había acrecentado luego de la caída de Roma, al punto de que el visto bueno del Papa era una condición indispensable para fortificar a los reyes— impuso tener una sola esposa y no casarse con una prima hermana. Sólo se casaba un joven por familia para no dividir la herencia y el resto vivía sin mujer legítima. Las mujeres podían heredar tierras de sus maridos y de sus familias, y también ejercer el poder de sus esposos cuando estos estaban fuera de sus casas. Su posición social estaba determinada por su riqueza, el estatus de sus parientes y el poder de sus hijos.

El marido, sin embargo, podía apalear a su mujer e incluso matarla si era descubierta en adulterio. Ella tampoco podía salir sola de la casa: en caso contrario, era tomada por una loca o una meretriz. Por eso las mujeres pasaban su vida dentro de la casa, de donde salían, escoltadas por una o más doncellas, solamente para efectuar alguna visita o asistir a la iglesia.

¿Y que había con su libertad de elección de vida? No mucho. En teoría, en el siglo diez, las mujeres podían decidir entre dos alternativas: el claustro o el matrimonio. Si elegían lo primero, sus labores también estaban restringidas, porque no se podían aproximar al altar, y ni siquiera las monjas podían tocar los vasos sagrados del culto ni llevar incienso. Si elegían el matrimonio, eran absorbidas por las tareas domésticas: por la mañana sacudían los tapices y barrían la paja y la hierba fresca. También era una tarea diaria encender el fuego y buscar el agua en la fuente pública.

¿Y el amor? Todavía se conservaban en el año 1000 las normas establecidas en la época del rey Arturo:

El matrimonio no es una excusa valedera para no amar; 

Quien no es celoso no puede amar;

Nadie puede estar atado a dos amores;

El amor crece o disminuye constantemente;

Lo que un amante toma del otro contra su voluntad, no tiene sabor.

Las fórmulas

La pareja debía proceder de un medio similar para poder consumarse el matrimonio, para el cual no era necesario contar con el consentimiento de los padres, un obstáculo que se puso algunos siglos después. A la mujer se le exigía tener buenos modales y gozar de buena salud, y a los hombres casi nada, tanto que los reyes podían tener muchas concubinas sin que nadie lo objetara.

Los matrimonios se celebraban en ayunas, antes del mediodía, en una ceremonia pública. El sacerdote bendecía a los esposos y después repetía fórmulas tales como “te tomo por esposo”, “te tomo por esposa”. O bien “con este anillo me caso con vos y con mi cuerpo os honro”. 

En esa época se difunde la costumbre de tender un velo —por lo general de color púrpura— por encima de la cabeza de los cónyuges durante el canto de bendición. Los testigos lo mantienen suspendido sobre la cabeza de los esposos durante la ceremonia.

La chimenea

El papel del ama de casa que caracterizará tanto a la mujer en el futuro, todavía no estaba delineado con claridad en el año 1000, y recién adquirirá entidad propia un siglo después, a raíz de un invento: la chimenea. Para la época, el método más común para dejar escapar los humos de la casa durante la calefacción era abrir un hueco en el techo. La chimenea hizo cambiar la vida de la familia ya que pasó a ser el lugar de reunión. La casa, por ende, se hizo más importante y con ella creció el rol de la mujer, como ama o dominadora de la casa.

El invento de la chimenea fue precedido por otro, el del molino de agua, que liberó a la mujer de una de sus ocupaciones milenarias: la molienda del grano. El molino representó para las mujeres de la época lo que la lavadora eléctrica en el siglo veinte.

La belleza

Una vez casados, la mujer rica tomaba muy en cuenta su cuidado personal tratando de permanecer siempre joven. Un escritor de la época, Juan de Milán, compuso un libro de versos en latín donde popularizó algunas fórmulas de belleza. Para conservar una tez blanca y lozana recomendaba "tomar tres o cuatro puñados de flores de sauco, un cuarterón de jabón de Francia, tres hieles de buey y tres vasos de vuestra orina, haced que reposen tres o cuatro días en un recipiente de arcilla y lavaos la cara con dicho líquido".

En Oriente, las árabes adoptaron de los bizantinos su gusto por el baño y los perfumes que después propagaron en España en el momento de la conquista (711).

Las mujeres musulmanas pasaban horas maquillándose y depilándose, y por eso las cristianas eran miradas con cierta aprensión porque no se depilaban el pubis.



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