EL MURAL DE SIQUEIROS Y LA ARGENTINA DEL TREINTA
Detrás
de
Fue también
el tiempo de Leopoldo Lugones, el poeta nativo más admirado, anunciando la hora
de la espada, reclamando una solución autoritaria para acabar con la
democracia. Y el de la Legión de Mayo, de neta ideología fascista, actuando
como fuerza de choque del nuevo régimen instaurado por Uriburu.
Y
también el de Victoria Ocampo, a quien su pertenencia a la alta sociedad no la
privaba de entusiasmo para invitar al comunista Siqueiros a dar tres conferencias en
Siqueiros
pidió un equipo de colaboradores, un cuarteto de noveles maestros conformado
por Berni, Castagnino, Spilimbergo
y el uruguayo Lázaro, todos socialistas y miembros del Sindicato de Artistas
Plásticos. Con ellos abordó el monumental Ejercicio
Plástico dentro de las oscuras cavidades de la residencia, lo que era una
contradicción a su proclamado dogma de que los murales debían exhibirse a la
luz pública. Lo justificó diciendo que la obra no tendría “ideología revolucionaria”
y que era “un fruto forzoso de nuestra condición de productores asalariados… “.
Fuera del sótano, arriba, Botana fumaba
gigantescos habanos y organizaba fiestas a las que se daba el lujo de invitar en
un mismo día al hijo de Mussolini y al fundador del Partido Comunista
argentino, Victorio Codovilla. Mientras tanto su esposa, la anarquista Salvadora Medina Onrubia,
departía con Pablo Neruda y Oliverio Girondo.
Fuera
de la quinta Los Granados, más lejos, el hijo de Julio Roca se enorgullecía de
que
Política y poesía, escándalos y arrebatos
amorosos a la luz pública y entre las paredes de la casa de Botana. Su mujer se
hizo amante de Siqueiros, y la del mexicano, Blanca Luz Brum, del Citizen Kane
criollo. La cocó (cocaína) ya era
moneda corriente, como la morfina y el éter, del que se haría adicta Salvadora.
También el champagne, que se derramaba en las tertulias de Don Torcuato y el
pan duro de los pobres que se compartía en los conventillos porteños. Todo
junto, como en el tango Cambalache, compuesto
por Discépolo en 1934 para la película El
alma del Bandoneón.
Y entonces, en medio de tanto ruido, emergió
al famoso y bellísimo mural. Concebido, dijo el artista, como “una
visión algo etílica, como la de estar parado en el centro de una burbuja
transparente en el fondo del mar”.
No podía ser de otro modo.



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