EL MURAL DE SIQUEIROS Y LA ARGENTINA DEL TREINTA

Detrás de la Casa Rosada emerge renovado el mural de Siqueiros, quizá como el último eslabón que permita entender cabalmente el tiempo en el que fue concebido, el de la década del treinta, la infame, porqué aunque la memoria histórica casi siempre rescate de aquellos años solo los esperpentos de la miseria, ¿dónde hay un mango viejo Gómez?, y el fraude político, también fueron el escenario de una feliz y extraña concurrencia de personajes antagónicos, de un tuteo a cara de perro entre el agua y el aceite, con la música de fondo de los tacazos de las botas militares y la poesía de García Lorca declamada por las tardes en el Café Tortoni.

Fue también el tiempo de Leopoldo Lugones, el poeta nativo más admirado, anunciando la hora de la espada, reclamando una solución autoritaria para acabar con la democracia. Y el de la Legión de Mayo, de neta ideología fascista, actuando como fuerza de choque del nuevo régimen instaurado por Uriburu.

Y también el de Victoria Ocampo, a quien su pertenencia a la alta sociedad no la privaba de entusiasmo para invitar al comunista Siqueiros a dar tres conferencias en la Sociedad Amigos del Arte. El escándalo que desató el mexicano al afirmar que había que sacar la obra de arte de las sacristías aristocráticas y llevarla a la calle para que despierte y provoque no hizo mella en Natalio Botana, empresario y dueño del diario Crítica, quien se dio el gusto de convocar a Siqueiros para pintar un mural en el sótano de Los Granados, su residencia de Don Torcuato. Ya se había dado otro y muy grande: promover el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen con una campaña periodística feroz.

Siqueiros pidió un equipo de colaboradores, un cuarteto de noveles maestros conformado por Berni, Castagnino, Spilimbergo y el uruguayo Lázaro, todos socialistas y miembros del Sindicato de Artistas Plásticos. Con ellos abordó el monumental Ejercicio Plástico dentro de las oscuras cavidades de la residencia, lo que era una contradicción a su proclamado dogma de que los murales debían exhibirse a la luz pública. Lo justificó diciendo que la obra no tendría ideología revolucionaria” y que era un fruto forzoso de nuestra condición de productores asalariados… “.

Fuera del sótano, arriba, Botana fumaba gigantescos habanos y organizaba fiestas a las que se daba el lujo de invitar en un mismo día al hijo de Mussolini y al fundador del Partido Comunista argentino, Victorio Codovilla. Mientras tanto su esposa, la anarquista Salvadora Medina Onrubia, departía con Pablo Neruda y Oliverio Girondo.

Fuera de la quinta Los Granados, más lejos, el hijo de Julio Roca se enorgullecía de que la Argentina fuera, desde el punto de vista económico, una parte del Imperio Británico, y firmaba un tratado con el jefe del British Board of Trade, Sir Walter Runciman. Era la gota que rebozó la copa de la dependencia y que desató la tenaz oposición de Lisandro de la Torre en el Congreso. Después llegarían, en la misma década, el asesinato en el Senado de Enzo Bordabehere, y el suicidio de Lisandro. Quitarse la vida en aquellos años de encanto y desencanto eran comunes: el gesto de De la Torre fue también el mismo que tuvieron Lugones, Alfonsina y Horacio Quiroga.

Política y poesía, escándalos y arrebatos amorosos a la luz pública y entre las paredes de la casa de Botana. Su mujer se hizo amante de Siqueiros, y la del mexicano, Blanca Luz Brum, del Citizen Kane criollo. La cocó (cocaína) ya era moneda corriente, como la morfina y el éter, del que se haría adicta Salvadora. También el champagne, que se derramaba en las tertulias de Don Torcuato y el pan duro de los pobres que se compartía en los conventillos porteños. Todo junto, como en el tango Cambalache, compuesto por Discépolo en 1934 para la película El alma del Bandoneón.

Y entonces, en medio de tanto ruido, emergió al famoso y bellísimo mural. Concebido, dijo el artista, como una visión algo etílica, como la de estar parado en el centro de una burbuja transparente en el fondo del mar”. No podía ser de otro modo.



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