AQUELLAS CARTAS: HISTORIA DE LOS SELLOS POSTALES

La reina y el penique negro podría ser el título de una novela de Sir Arthur Conan Doyle, si no introdujera en otra historia no menos apasionante: la de la filatelia. Es que también fue en Inglaterra, hogar de Sherlock Holmes, donde nació el sello postal (1840) por iniciativa de otro caballero, Sir Rowland Hill, administrador de correos. Y fueron el perfil de la reina Victoria sobre fondo negro y la leyenda One Penny (un penique) escrita debajo, los que ocuparon el reducido espacio del primer franqueo impreso con una viñeta.

El penique negro (así lo denominan los filatelistas) salió a la luz por estrictos motivos comerciales. Hasta su impresión y distribución, la correspondencia era pagada por el destinatario, lo que dificultaba la cobranza. Recién con el uso del sello postal las cartas y otro tipo de encomiendas empezaron a ser abonados por el remitente.

¿Habrá imaginado Rowland que su iniciativa, además de mejorar los ingresos reales, despertaría una afición a lo largo y ancho del planeta? Es posible, aunque no existía entonces la palabra filatelia, inventada por el francés G. Herpin unos años después, en 1864, tras unir dos vocablos griegos: philos (amante) y atelia (pago previo).

Harpin era un afiebrado coleccionista de sellos, como otros tantos miles en Europa y el resto del mundo. La manía había llegado pronto a todas partes, inclusive a la Argentina, donde diez años antes habían empezado a circular los primeros sellos criollos.

 EN LA ARGENTINA

En 1855 el Estado de Buenos Aires (a mediados del siglo XIX el país estaba dividido: de un lado, la rica provincia bonaerense, con el puerto;  del otro, la Confederación, cuya capital era la ciudad de Paraná) mandó imprimir ocho mil sellos postales en diferentes valores: cuatro, seis, ocho y diez reales. De ese modo los modernos dirigentes porteños se ponían a la moda que imponía el siglo, como ya lo habían hecho antes dos países latinoamericanos: Brasil y Chile.

La iniciativa bonaerense, paradójicamente, no llegó a buen puerto. Antes de que los sellos empezaran a circular, el gobierno decidió el cambio de moneda: abandonó el real, ya obsoleto con su reminiscencia hispana y colonial, y adoptó el peso. Y a pesar de que los sellos estaban listos, no salieron a la venta. Algunos de ellos se conservaron. Y desde entonces son un objeto preciado por los filatelistas, quienes los denominan gauchitos, porque la viñeta trae la imagen de un chasqui a caballo llevando correspondencia: un gauchito cartero.

En la Confederación, en tanto, hubo alguien que se preocupó porque la correspondencia también llevara sellos postales. Pero a la unión de provincias que presidía Justo José de Urquiza no le sobraba el metálico, así que la iniciativa no prosperó. La idea había sido del diputado Alfredo Marbais, un naturalista y militar belga que se había radicado en el país y conocía las bondades del invento británico.

Mientras Buenos Aires guardaba sus gauchitos y la Confederación no daba curso a la idea, la provincia de Corrientes se quedó con toda la gloria: el 21 de agosto de 1856 lanzó a la venta el primer sello postal de la historia argentina. El impulsor de la iniciativa fue el propio gobernador de la provincia, Juan Gregorio Pujol (1817-1861), un abogado progresista que había conocido las bondades del uso de los sellos en su viaje por Europa y no veía las horas de imitar aquel signo de modernidad.



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