SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA
Con angustia y temerosa esperanza en el futuro
ingresó
Era una Argentina de contrastes cada vez más
agudos. Por un lado, estaba la clase dirigente propietaria, con grandes extensiones
de tierra y miles de vacas y ovejas, vinculada a Inglaterra a través de la
exportación. Y por el otro la clase media, formada por los hijos de los
criollos y los inmigrantes, integrada por miles de profesionales y empleados
públicos, que aspiraban a gozar de derechos políticos.
Más abajo quedaban los postergados de siempre,
como los peones rurales o los explotados en los quebrachales chaqueños por The Forestal Land, Timber and Railwaus Ltd,
más conocida como
Y los obreros, todavía pocos, pero muy
permeables a las ideas anarquistas.
La clase dirigente estaba representada en
política por el Partido Autonomista Nacional (PAN), conducido por su hombre más
lúcido y no en vano apodado el zorro,
Julio Argentino Roca, cuyo slogan Paz y
Administración definió su segunda presidencia (1898-1904). La paz, sin
embargo, corrió peligro porque se estuvo a punto de ir a una guerra con Chile
por los famosos límites que no acababan nunca de definirse. Una de las
consecuencias de ese estado beligerante fue la sanción de la ley de Servicio
Militar Obligatorio o Ley Ricchieri, por Pablo Ricchieri, ministro de Guerra,
quien defendió el proyecto ante
Un hecho curioso ocurrido en el decenio que
fue de 1895 a 1906 fue la alternancia presidencial, no debida a golpes
militares (el primero de la serie recién fue en 1930) sino a contingencias de
la vida. Durante ese periodo dos vicepresidentes debieron hacerse cargo de la
presidencia. ¿Qué había pasado? En primer lugar, José Evaristo Uriburu debió
remplazar a Luis Sáenz Peña (1895) por renuncia, mientras que en 1906 el
cordobés José Figueroa Alcorta hizo lo propio con Manuel Quintana, aunque en
este caso el motivo fue, sencillamente, la muerte del primer mandatario.
Quintana fue el primer presidente fallecido en ejercicio de poder.
Mientras en el sillón de Rivadavia se sentaban
siempre los miembros del PAN, las familias más poderosas inauguraban en Buenos
Aires suntuosos palacios (Errázuriz Alvear, Duhau, Anchorena, Paz, Pereda,
Bosch, Ortiz, etcétera) y viajaban a Europa con la vaca en el barco para
surtirse de leche fresca. De allí aquella frase de “tienen la vaca atada”, lo
que era rigurosamente cierto.
La clase media, en tanto, no cejaba en sus
demandas. Ya había mostrado las uñas en 1890 con
Entretanto, ¿cuántos éramos? Cuatro millones
de almas, incluido un millón de extranjeros (italianos la mitad). Las ciudades
se iban poblando en forma acelerada y los pueblos se multiplicaban a la vera
del ferrocarril. ¿El tren civilizaba? A su manera. Por un lado se llevaba la
riqueza primaria hacia los puertos bonaerenses, y por el otro perjudicaba las
economías regionales con la importación.
Los conventillos porteños no daban abasto. En
esas viejas casonas de tres patios y decenas de piezas, se amontonaban
italianos, húngaros, polacos, rusos, árabes, españoles… Habían venido para
hacer



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