SIGLO NUEVO, VIDA NUEVA

 

Con angustia y temerosa esperanza en el futuro ingresó la Argentina en el siglo veinte.  Con la angustia de un Leandro Alem pegándose un tiro frente al Club del Progreso, y la esperanza relumbrona que daba la incipiente modernidad de un flamante puerto o un teatro a la europea, como el Colón. O un vivir más digno, más igualitario, de acuerdo con las nuevas ideas sociales. 

Era una Argentina de contrastes cada vez más agudos. Por un lado, estaba la clase dirigente propietaria, con grandes extensiones de tierra y miles de vacas y ovejas, vinculada a Inglaterra a través de la exportación. Y por el otro la clase media, formada por los hijos de los criollos y los inmigrantes, integrada por miles de profesionales y empleados públicos, que aspiraban a gozar de derechos políticos.

Más abajo quedaban los postergados de siempre, como los peones rurales o los explotados en los quebrachales chaqueños por The Forestal Land, Timber and Railwaus Ltd, más conocida como La Forestal, donde se pagaba con vales y se vivía como en el medioevo.

Y los obreros, todavía pocos, pero muy permeables a las ideas anarquistas.

La clase dirigente estaba representada en política por el Partido Autonomista Nacional (PAN), conducido por su hombre más lúcido y no en vano apodado el zorro, Julio Argentino Roca, cuyo slogan Paz y Administración definió su segunda presidencia (1898-1904). La paz, sin embargo, corrió peligro porque se estuvo a punto de ir a una guerra con Chile por los famosos límites que no acababan nunca de definirse. Una de las consecuencias de ese estado beligerante fue la sanción de la ley de Servicio Militar Obligatorio o Ley Ricchieri, por Pablo Ricchieri, ministro de Guerra, quien defendió el proyecto ante la Cámara de Diputados a fines de 1901.

Un hecho curioso ocurrido en el decenio que fue de 1895 a 1906 fue la alternancia presidencial, no debida a golpes militares (el primero de la serie recién fue en 1930) sino a contingencias de la vida. Durante ese periodo dos vicepresidentes debieron hacerse cargo de la presidencia. ¿Qué había pasado? En primer lugar, José Evaristo Uriburu debió remplazar a Luis Sáenz Peña (1895) por renuncia, mientras que en 1906 el cordobés José Figueroa Alcorta hizo lo propio con Manuel Quintana, aunque en este caso el motivo fue, sencillamente, la muerte del primer mandatario. Quintana fue el primer presidente fallecido en ejercicio de poder.

Mientras en el sillón de Rivadavia se sentaban siempre los miembros del PAN, las familias más poderosas inauguraban en Buenos Aires suntuosos palacios (Errázuriz Alvear, Duhau, Anchorena, Paz, Pereda, Bosch, Ortiz, etcétera) y viajaban a Europa con la vaca en el barco para surtirse de leche fresca. De allí aquella frase de “tienen la vaca atada”, lo que era rigurosamente cierto.

La clase media, en tanto, no cejaba en sus demandas. Ya había mostrado las uñas en 1890 con la Revolución del Parque de Artillería y las volvió a mostrar en 1893 y 1905 con nuevos alzamientos cívico-militares. Sus demandas por el voto universal, secreto y obligatorio, habían corporizado en un misterioso líder de multitudes que no pronunciaba discursos: Hipólito Yrigoyen, sobrino de Alem y heredero de los federales.

Entretanto, ¿cuántos éramos? Cuatro millones de almas, incluido un millón de extranjeros (italianos la mitad). Las ciudades se iban poblando en forma acelerada y los pueblos se multiplicaban a la vera del ferrocarril. ¿El tren civilizaba? A su manera. Por un lado se llevaba la riqueza primaria hacia los puertos bonaerenses, y por el otro perjudicaba las economías regionales con la importación.

Los conventillos porteños no daban abasto. En esas viejas casonas de tres patios y decenas de piezas, se amontonaban italianos, húngaros, polacos, rusos, árabes, españoles… Habían venido para hacer la América y después regresar, pero la guerra europea, los amores y tantas otras razones, hicieron que la mayor parte se quedara en el país. Se acostumbraron al mate y a oír una música nueva, el tango, interpretada con un instrumento de origen alemán llamado bandoneón.



 

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