REPOLLO HERVIDO
La sangre salía de su boca como de un caño pinchado, lenta y pesada, alimentando el charco sobre el que yacía su cuerpo inmóvil. Lo que en vida había sido Carlos Gómez, jugador y malandra, era una silueta contraída de perfil, con las rodillas a la altura del vientre, los brazos abiertos como aspas, y la mirada vacía de dos ojos congelados. Había terminado como empezó, veintinueve años atrás, en el útero de Rosalía, doblado sobre sí mismo, aunque ahora esa carne no latía ni estaba desnuda, sino que la vestía un traje ordinario marrón y una camisa que media hora antes había sido blanca. Nadie lo lloraba. Nadie lo cubría. Mil novecientos cincuenta y cinco se iba inexorable como la vida de Gómez, como la de toda la barra del Dique. Ya no queda ninguno vivo, dijo el inspector Menéndez, y se refrescó la boca con un caramelo de menta... (DE: Repollo Hervido, cuento)



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