RAMÓN CARRILLO, SALUD Y JUSTICIA SOCIAL
Paredes y árboles blanqueados a la cal, calles y veredas oliendo a lavandina, baldíos desmalezados mano a mano por los vecinos. Así se preparaba Buenos Aires en 1956 para hacer frente a la terrible epidemia de poliomielitis que, al cabo, produjo seis mil víctimas, niños en su mayoría. Para diciembre, cuando las altas temperaturas aumentaron los temores al contagio, allá lejos, en el norte de Brasil, fallecía en silencio Ramón Carrillo, padre de la medicina sanitaria argentina. ¿Paradoja?
Carrillo tenía cincuenta años y un rosario de victorias obtenidas, justamente, contra las enfermedades infecciosas. Había acabado con el paludismo y la tuberculosis, y hecho retroceder hasta niveles insignificantes el tifus, la brucelosis, la difteria, la sífilis y otros tantos morbos. ¿Qué hacía entonces allá, a miles de kilómetros, en lugar de estar aquí luchando contra la epidemia? La respuesta no por pequeña es menos cruel: el exilio. El gobierno de “la Libertadora” (?) no lo dejaba volver, le confiscó sus escasos bienes, y hasta lo acusó de malversador de fondos y de ladrón de nafta…
Angustiado más por el
daño que sufría su buen nombre que por la hipertensión maligna que minaba su
vida, le escribió a su amigo Segundo Ponzio Godoy, tres meses antes de morir:
“Yo no sé cuánto tiempo
más voy a vivir, posiblemente poco, salvo un milagro. También puedo quedar
inutilizado y sólo vivir algo más. Ahora estoy con todas mis facultades mentales
claras y lúcidas y quiero nombrarte el albacea de mi buen nombre y honor.
Quiero que no dudes de mi honradez, pues puedes poner la mano en el fuego por
mí. He vivido galgueando y si examinas mi declaración de bienes y mi
presentación a la Comisión Investigadora, encontrarás la clave de muchas cosas.
Vos mismo intuiste con certeza lo que me pasaba y me ofreciste unos pesos. Por
pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún
procedimiento ilícito, que estaba a mi alcance y no lo hice por congénita
configuración moral y mental. Eran cosas que mi espíritu no podía superar.
“Ahora vivo en la mayor
pobreza, mayor de la que nadie puede imaginar, y sobrevivo gracias a la caridad
de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia,
pero sí a un hermano como vos, que quizás (conociéndome) puedas
comprenderme......".
¿Quién era Carrillo?
Aunque su obra haya sido gigantesca en materia sanitaria, este campo de la
salud no define por completo sus méritos ni su trayectoria. Carrillo venía del
bronce, de la torre de marfil donde se tutean las eminencias, de las
universidades europeas y las publicaciones especializadas. Era un apellido con
brillo antes de conocer a Perón e imaginar el rumbo que tomaría su vida.
A los 27 años se había
hecho cargo del Laboratorio de Neuropatología del Instituto de Clínica
Quirúrgica. A partir de entonces se dedicó a la investigación con exclusividad
y publicó numerosos trabajos científicos. Mientras tanto, mantenía
correspondencia con las máximas referencias mundiales en la materia.
A los 31 años ganó el
Premio Nacional de Ciencias, y dos años después se hizo cargo del Servicio de
Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Ya con jóvenes 35 años,
asumió la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Universidad de Buenos
Aires.
El maestro no tardó en
tener sus discípulos: Juan C. Christensen, Raúl Matera, Raúl Carrea, J. Day,
Roberto Chescota, Ángel Cammarotta, H. Villar, Horacio Caste, Julián Prado,
Magín Diez, Francisco Rubén Perino, Lorenzo Amezúa, Diego Luis Outes, Aldo
Martino, Julio César Ortíz de Zárate, Eduardo Mendizábal, Rogelio Driollet
Laspiur, Miguel Ragone, sus hermanos Arturo y Santiago Carrillo y otros.
Pero la energía y el
saber de Carrillo no se agotaban en los laboratorios o la universidad, sino que
continuaban prodigándose en cafés y salones adonde daba rienda suelta a sus
inquietudes políticas entre dilectos compañeros de militancia. El gran médico
era también un hombre preocupado por la realidad de su país, angustiado por las
injusticias sociales. Al regresar de sus estudios de posgrado en Europa, a
mediados de los treinta, se sumó a FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la
Joven Argentina), la corriente política yrigoyenista que denunciaba aquella
Argentina amordazada de la década infame. Allí, Carrillo discutía codo a codo
con Arturo Jauretche, Juan B. Fleitas, Manuel Ortiz Pereyra, Luis Dellepiane,
Gabriel del Mazo, Atilio García Mellid, Jorge del Río, Raúl Scalabrini Ortiz y
Homero Manzi, santiagueño como él, de quien se hizo un amigo entrañable.
El científico de elite por
un lado, y el militante político por el otro. La fórmula que le permitió a
Carrillo tomar consciencia de la penosa realidad sanitaria del país, y a la vez
vislumbrar su remedio. Porque el orgulloso “granero del mundo” que declamaba la
oligarquía gobernante era tierra de nadie en materia sanitaria: 9,61 camas por
cada mil habitantes en la Capital Federal. Apenas 4,66 por mil en la provincia
de Buenos Aires, 0,88 en el territorio nacional de Misiones y cero absoluto,
por ejemplo, en la Gobernación de los Andes (la zona de la puna). ¿Hospitales?
Los establecimientos con servicios de internación era un privilegio de las
grandes ciudades. Y aun así los nosocomios del estado o de las sociedades de
beneficencia se desenvolvían en condiciones precarias, por falta de personal,
alimentación, medicamentos e instrumental.
¿Qué quedaba para las
zonas rurales? Poco. O nada. No recibían asistencia hospitalaria. Es más: el
país, en su conjunto, contaba sólo con el 45 por ciento de las camas
necesarias. Todavía, pese al tiempo transcurrido desde los días de mayo de
1810, la Argentina seguía dependiendo del espíritu caritativo de las sociedades
benéficas y no de la administración ordenada de la salud a través del estado.
“La caridad es una virtud cristiana admirable, pero no puede ser la base de una
doctrina para el gobierno de la salud pública", escribió Carrillo con
sabiduría.
Pero el gran médico
santiagueño no solo conocía las carencias del país en materia de salud, sino
que tenía una idea muy clara acerca de qué cosa es la enfermedad y cómo se
produce. ¿Un virus? ¿Una bacteria? No explican todo, sino una parte. En todos
los textos que se ocupan de su vida aparece esta definición breve pero
contundente, un verdadero axioma de la medicina social: "Frente a las
enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el
infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son
unas pobres causas".
Esta riqueza de
conocimientos y sensibilidad social descubre Perón en Carrillo cuando lo conoce
en 1944 en el Hospital Militar Central. Lo deslumbra esa amalgama de sabiduría
científica, avalada por una carrera ejemplar, con esa macro visión sanitaria
del país, que va de la enumeración de las camas en los hospitales hasta los
orígenes sociales de la enfermedad. A ese hombre, entonces, le transfiere la
responsabilidad de curar desde la flamante Secretaría de Salud (1946). Y luego
desde el Ministerio de Salud y Asistencia Social, que crea en 1949 con Carrillo
al frente, toda una señal y un compromiso para los tiempos futuros.
El médico santiagueño
no llegó con las manos vacías a su puesto de funcionario. Primero, fijó los
objetivos generales de la Secretaría de Salud en tres apotegmas:
2. No puede haber
política sanitaria sin política social;
3. De nada sirven las
conquistas de la técnica médica si ésta no puede llegar al pueblo por medio de
dispositivos adecuados.
En forma simultánea
elaboró un proyecto de más de cuatro mil páginas —el Plan Analítico de Salud
Pública—, en el que previó hasta el más mínimo de los detalles: el
funcionamiento hospitalario en su totalidad, las competencias del cuerpo
médico, las tareas a cumplir por cada uno de los empleados en todas las áreas
(mantenimiento, intendencia, lavandería, ropería, administrativa, contable,
compras y personal). También se ocupó de la arquitectura, promoviendo la
construcción de centros de salud espaciosos, luminosos y funcionales. Y para no
dejar cabo suelto, alentó la creación de una cátedra de Arquitectura
Hospitalaria en la Universidad, así como la organización de cursos de
instrumentación quirúrgica, enfermería, administración hospitalaria,
hemoterapia, radiología, anestesiología, alimentación y muchos otros.
Carrillo controló la
marcha de las tareas con mucho celo, para poder cumplir a tiempo con el
calendario del Plan Quinquenal. Los trabajos se llevaron a cabo por intermedio
del Ministerio de Obras Públicas, la Subsecretaría de Construcciones del
Ministerio de Salud y la Fundación Eva Perón, y dieron como saldo la creación
de 4.229 establecimientos sanitarios con 130.180 camas.
Carrillo logró que en
1947 se sancionara la ley 13.012 cuyo primer artículo comprometía al Poder
Ejecutivo a preparar un Proyecto de Código Sanitario y de Asistencia Social y
Creación del Fondo Nacional de Salud y Asistencia Social, que debería ser
presentado en el siguiente período ordinario de sesiones. Contemplaba dos
grandes ejes: el vinculado a la policía sanitaria y el relacionado con la
asistencia social.
En 1951 el proyecto fue
publicado con la firma de Carrillo y Perón. A su vez el Ministerio de Asuntos
Técnicos, dispuso que el de Salud presentara un nuevo Plan sanitario para
1952-1958 que debía seguir las líneas ya trazadas: era un programa de
consolidación del Plan de 1946. El nuevo plan fue el resultado de la
experiencia de cinco años, de la fusión o transferencia de reparticiones e
instituciones dispersas y de la creación de nuevos organismos.
"En una sociedad
no deben ni pueden existir clases sociales definidas por índices económicos. El
hombre no es un ser económico. Lo económico hace en él a su necesidad, no a su
dignidad”, sostenía Carrillo, mientras llevaba la salud a todos los rincones
del país. No hay provincia donde no se haya levantado un hospital (más o menos
complejo) o un centro sanitario. Del repaso por los pueblos o localidades
beneficiados se observa que la mayor cantidad se erigieron bien en la Patagonia
(por entonces bastante despoblada) o en las provincias más pobres del noroeste
y el noreste. A la vez, se inauguraron decenas de institutos especializados (la
mayoría en la Capital Federal, que es donde había más médicos y, además, reside
la Universidad de Buenos Aires), que se ocuparon de investigar enfermedades muy
específicas, preparar profesionales en diversas disciplinas, asistir a la
población a través de la medicina preventiva, etcétera.
Muchos de las
instituciones creadas por Carrillo hoy ya no existen. ¿Razones? Se abandonó su
mantenimiento o en determinado momento ya no se consideraron útiles. El resto
de ellas sigue prestando una valiosa ayuda a la salud de los argentinos.
"La medicina no
sólo debe curar enfermos sino enseñar al pueblo a vivir, a vivir en salud y
tratar que la vida se prolongue y sea digna de ser vivida".
Consecuentemente con este pensamiento, durante la gestión Carrillo el
presupuesto en salud se incrementó diez veces, y la mortalidad infantil, que en
1945 era del 90 por mil, descendió a 56 por mil en 1954.
Carrillo consideraba
que el hospital debía ser “un hogar y no una antesala de la muerte", y que
los servicios médicos constituían uno de sus derechos esenciales. Sostenía,
asimismo, que el objetivo principal de la medicina moderna no era solo curar al
enfermo sino evitar que se enferme. Y que para que eso sucediera, había que
promover el mejoramiento general de la sociedad:
“Las tareas de los
higienistas no rendirán frutos si previamente no se consolidan las leyes
obreras destinadas a dignificar la tarea en las fábricas y oficinas, a mejorar
sueldos y salarios, a ampliar los beneficios de las jubilaciones y pensiones
que amparen a la familia, si no se protege y subsidia a la maternidad, se
planifica la vivienda higiénica al alcance de todos y se organiza la economía
nacional con sentido biológico, en una palabra hasta que el nivel de vida del
pueblo le permita llegar sin esfuerzo a las fuentes de la cultura y de la
higiene, es decir a los auténticos sostenes de la salud física, espiritual y
social”.
En 1954 su salud se
había debilitado y por eso renunció a su cartera. Perón lo envío entonces a
Estados Unidos, donde ofreció un ciclo de conferencias en la Universidad de
Harvard. En forma simultánea trató de mejorar su salud con un tratamiento que,
a medias, resultó efectivo. Pero su alto costo lo puso en dificultades
económicas.
Viajaba en taxi por
Nueva York cuando se enteró del derrocamiento del gobierno argentino: allí
empezó su calvario. Sin recursos, se convirtió de la noche a la mañana en un
exiliado y un perseguido de los militares golpistas.
Consiguió trabajo como
médico en una empresa minera de Estados Unidos que realizaba excavaciones en el
Amazonas. Hacía allí viajó y desde ese lugar envió un telegrama al general
Eduardo Lonardi, que detentaba la Presidencia, en el que le decía que quedaba a
su disposición para ser investigado. En Buenos Aires lo acusaban de malversador
de fondos y ladrón de nafta.
“Nunca recurrí a ningún
procedimiento ilícito, que estaba a mi alcance y no lo hice por congénita
configuración moral y mental. Eran cosas que mi espíritu no podía superar”, le
escribió a su amigo Ponzio.
Carrillo no recibió
respuesta. Mientras tanto se allanaron sus bienes, y se secuestraron sus libros
y sus cuadros. Su hermana debió presentar ante la Junta Nacional de
Recuperación Patrimonial los títulos que acreditaban la legitimidad de su
posesión.
Cuando venció su
contrato con la empresa minera, Carrillo siguió viviendo en el nordeste de
Brasil trabajando como médico rural, atendiendo gratis en un hospital, hasta
que sufrió un accidente cerebrovascular que lo llevó a la muerte, el 20 de
diciembre de 1956.
Aunque parezca mentira,
hoy a la luz del tiempo transcurrido y con la perspectiva histórica, los
sucesivos gobiernos no permitieron la repatriación de los restos de Carrillo,
lo que recién ocurrió en 1972 bajo la presidencia de facto del general Agustín
Lanusse. Los diarios de entonces apenas hicieron una breve referencia al hecho.
Y así, en silencio, el padre del sanitarismo argentino, el hombre que más hizo
por la salud del país, el que salvó más vidas, volvió un día. En el aeroparque
de Buenos Aires, entre los presentes para rendirle homenaje, se encontraba su
amigo y colega de FORJA, don Arturo Jauretche.
Hoy Carrillo yace en
Santiago del Estero, como él lo había pedido.



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