LOS DEMONIOS

 
Entonces me contó que la Plaza de Mayo era una mancha borrosa donde las personas corrían desmembradas en todas las direcciones esquivando charcos, mientras los autos y los ómnibus giraban alrededor haciendo sonar sus bocinas. Eran las cinco pasadas pero parecían las siete de la noche. Llovía. Todo era apuro, todo era estridencia. Solo la pirámide, las fuentes y la estatua de Belgrano, Manuel del Corazón de Jesús, no participaban del escándalo. Tampoco él, Pedro Alvite, quien inmóvil miraba sin parpadear el edificio del Banco Nacional, a pesar de las gruesas gotas que caían de sus cejas. (DE: LOS DEMONIOS, Editorial Vitruvio, 2017)







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