LAS LARGAS VACACIONES DEL 38 (TEXTO COMPLETO)

 

El ex presidente se apoya en  la baranda de la cubierta del Cap Arcona y pierde su vista en la inmensidad del océano. ¿En qué pensará? ¿En la reciente muerte de su hijo Eduardo, fallecido tres meses antes en un accidente aéreo? ¿En su país, la Argentina, de donde zarpó hace pocos días, el 26 de abril de 1938, luego de entregar la Presidencia a quien fuera su ministro, el abogado Roberto Marcelino Ortiz? ¿O en Leonor Matilde Hirsch, su joven y rica amante cuarenta años menor, con quien ya convino varios encuentros furtivos en Europa? Todo pasa vertiginosamente por su cabeza, como el viento que sopla sobre su calva y pone en riesgo la estabilidad de unos anteojos perfectamente redondos.

Agustín Pedro Justo no puede dejar la mente en blanco ni siquiera por unos segundos, como le agradaría. El brazalete negro en su brazo izquierdo aparece siempre en su campo visual aunque sus ojos escudriñen el  horizonte, lo que le recuerda a cada instante la muerte de su hijo Eduardo Florencio. ¡Otra desgracia más en la familia! De los siete hijos que tuvo con Ana Encarnación Bernal ya habían fallecido tres: Agustín Pedro, a los cinco años; Horacio, a los catorce, y Elcira María, al año de vida. Eduardo fue el cuarto. Tenía 27 años y se había convertido en el predilecto luego de la voluntaria deserción de Liborio, el mayor, quien no solo le cuestionaba sus posturas políticas desde el trotskismo que había abrazado con fervor, sino su forma de vida tan paqueta y complaciente con la alta sociedad. El colmo de Liborio fue cuando en 1936, en ocasión de la visita al Congreso del presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, gritó desde uno de los palcos “¡abajo el imperialismo!”. Dicen que Justo en ese momento cerró los ojos y musitó resignado: “Ese es Liborio”.

Lo de Eduardo fue tan repentino como doloroso. Él lo había invitado a acompañarlo a Corrientes para un acto protocolar, quizás el más trascendente de sus últimos días de gobierno. La cita era en Paso de los Libres donde se encontraría con el presidente de Brasil, Getulio Vargas, para inaugurar dos monolitos, uno allí y otro en la ciudad brasileña de Uruguayana. De ese modo se ratificaba el compromiso de construir un puente sobre el río Uruguay que uniría los dos países. El puente fue finalmente habilitado al público en 1945, dos años después de la muerte de Justo.

La delegación se trasladó en dos aviones, uno de ellos el flamante Lockheed B12 asignado desde hacía tres meses a los viajes presidenciales. En esa máquina se transportaron el general y el núcleo de su comitiva, toda castrense: el ministro de Guerra, el de Marina, el comandante de la Fuerza Aérea, el edecán y el jefe de la casa Militar. Su hijo fue en el segundo avión (otro Lockheed, modelo  MM1, perteneciente a la Aviación Naval) junto a otros militares de menor rango, y el secretario particular de su padre, Miguel Rojas. ¿Por qué no lo hicieron juntos?  ¿Razones de protocolo? ¿Alguna cábala? Como haya sido, el presidente no debió sentirse muy seguro en lo alto del cielo, ya que cuando era ministro de Guerra de Alvear se vino a pique con un Breguet XIX y salvó su vida arrojándose en paracaídas…

Los dos aviones llegaron a destino sin novedad, pero para la vuelta el estado del tiempo no daba buenas señales: un fuerte temporal con vientos huracanados anticipaba un regreso movido. Lo más conveniente hubiera sido esperar o regresar por tierra. Sin embargo, Justo prefirió volver en avión, aunque cambió de máquina. ¿Por qué? Probablemente por razones de seguridad. Corrientes era una provincia con antecedentes rebeldes y los ánimos todavía no se habían enfriado después del nuevo fraude electoral que permitió el triunfo de Ortiz sobre Marcelo de Alvear a fines del año anterior. Un atentado entraba en los cálculos.

La comitiva principal, con Justo, fue en el MM1; y el resto, con Eduardo Florencio, en el B 12. El primer avión llegó si mayores sobresaltos al aeropuerto de El Palomar. El B12, que había despegado 15 minutos más tarde, nunca volvió: cayó a unos 85 km de la ciudad uruguaya de Artigas, en Itacumbú, muriendo las nueve personas que iban a bordo. Eduardo entre ellas. (1)

Justo se enteró de la tragedia de a poco. Esa misma noche del 9 de enero se encontraron los restos del avión cerca de la confluencia de dos arroyos y se organizaron inmediatamente expediciones de rescate, tanto policiales, como militares. E incluso vecinales, a pie, a caballo o en rodados, a pesar de las malas condiciones climáticas. Al día siguiente se confirmó que no quedaban sobrevivientes.  La noticia se difundió con enormes titulares por la prensa y conmovió hondamente a la opinión pública, más allá de las posiciones políticas. Como recordatorio de la tragedia se levantaron en Itacumbú un monumento y nueve lápidas.

Telegramas. Decenas, cientos… No paraba de recibir telegramas desde el mismo momento que subió por la escalerilla del barco. De amigos, familiares, admiradores. La mayoría de parte de adulones que sabían que el general seguía siendo el hombre fuerte del país, aunque dos meses atrás, el 20 de febrero, hubiera dejado la Presidencia. “¡Buen viaje!”, “Feliz descanso”, “Nadie como usted merecía estas vacaciones”. Si la historia se construyera nada más que con aquellos telegramas habría que decir que su gestión de gobierno fue impecable, la más patriota de todas.

Sin embargo, la década que se inició con la dictadura de Uriburu y continuó con su gobierno de seis años, pasó a la historia como la “infame”, caracterizada sobre todo por el fraude electoral (denominado “patriótico” por el elenco gobernante), y por dos lacras que hicieron metástasis en los años noventa del mismo siglo: la corrupción y la entrega del patrimonio nacional. El Pacto Roca-Runciman, con su impronta humillante de sumisión al imperialismo, es tal vez la foto más representativa de aquel período. Y la letra de la ranchera ¿Dónde hay un mango?, el sonido de fondo.

Para curar las heridas y acallar tanta queja  –pensó Justo y convino su familia- nada mejor que pasar seis meses en Europa visitando museos, restaurantes y teatros.  Un verdadero tónico reconstituyente para el cuerpo y el espíritu, capaz de dar nuevos bríos al ex presidente, quien aspiraba a volver a ceñirse la banda celeste y blanca para el sexenio 1944-1950. El primer estímulo llegó con la elección del medio de transporte, el imponente trasatlántico alemán Cap Arcona, de 206 metros de eslora y 26 de manga, casi una ciudad flotante, solo comparable al Titanic o al Queen Mary (2).  El segundo lo disfrutaría en tierra firme, donde ya había acordado un rosario de citas con la jovencísima Leonor, su amor otoñal, la mujer que hizo tambalear su matrimonio de treinta y ocho años con Ana Encarnación Bernal, que eran muchos más años que los que tenía su amante de veintitrés.

Justo tiró la casa por la ventana para hacer ese viaje. Primero, porque lo hizo en primera clase y el valor del pasaje era nada menos que de 1.670 marcos alemanes de entonces (llamados reichmarks), unos 670 dólares de la época (3). ¿A cuánto equivaldrían hoy? La cuenta es difícil, pero baste decir que un automóvil 0 km en Estados Unidos costaba un promedio de 750 dólares, y el sueldo anual de un trabajador medio en aquel país rondaba los 1.368 dólares. Lo que da la pauta de la envergadura del gasto es cuando se multiplica el número de pasajes: el general viajó acompañado por su esposa Ana, sus hijas Virginia y Otilia, sus nietos Luis Fernando, Otilia y Eduardo Agustín. Y dos mujeres como personal de servicio: Cristina Bahr y María Fernández.  En total, nueve personas, que obligaron a un desembolso de 14.742 reichmarks, equivalentes a 6.030 dólares u ocho automóviles 0 Km (4).  Habría que agregar los gastos que se hacían a bordo del fastuoso buque y lo que debe haber costado permanecer seis meses en Europa…

Leonor no viajó en el Cap Arcona por razones obvias. Posiblemente lo hizo en  el Alcántara, otro crucero importante, que pertenecía a la Royal Mail Lines, y que tenía como puerto de destino el de Southampton, ciudad sonora para los argentinos porque de allí partió San Martín a la hora del regreso en 1812, y en su cementerio estuvo enterrado más de un siglo Juan Manuel de Rosas.

¿Quién era Leonor Hirsch? Nada menos que la hija de Alfredo Hirsch, principal accionista de Bunge & Born, consorcio integrante de las cuatro más grandes exportadoras de cereales de la época:  B&B, Dreyfus, De Ridder y La Plata Cereal.  No era una caza-fortunas ni había salido de ningún cabaret, que por otra parte no era un sitio que Justo soliese visitar. Al respecto cuenta Martín Alberto Noel en su libro dedicado a narrar la vida del ex presidente (5) que cierta vez Marcelo Torcuato de Alvear, cuya fama de juerguista no disminuyó por su matrimonio con Regina Pacini, lo invitó a una fiesta privada. Por aquel entonces Alvear era presidente de la Nación y el general, su ministro de Guerra. El mandatario sabía que el militar, a quien lo unía una amistad, no era afecto a esos convites y quizá por eso aprovechó su rol de presidente para forzar la aceptación: la negativa era imposible. Justo hubiera preferido quedarse en su casa, bien atendido por el personal de servicio y, sobre todo, disfrutando de la generosa mesa a la cual era afecto con creces. Pero no podía desairar al mandatario. Y allí fue, convencido de que primero estaba el deber y que la ocasión quizá serviría para mantenerse al corriente de la actualidad política... ¡Gran chasco se llevó! La famosa fiesta contaba con la presencia de algunas chicas “alegres” dispuestas a entretener a los invitados, incluido el juicioso general. Justo, sin embargo, no perdió la compostura y hasta casi hizo el ridículo al anteponer en la circunstancia su situación de hombre casado, su posición social y hasta sus convicciones religiosas. Se despidió como pudo del lugar, dejando entre los participantes los consabidos comentarios risueños.

Hay más de una versión acerca de cómo se conocieron Justo y la señorita Hirsch. Una señala que ocurrió a bordo del yate presidencial Tacuara durante un paseo por el Tigre. Al parecer, el yate de los Hirsch se averió y el presidente se ofreció a recoger a sus pasajeros.  Otra asegura  que ocurrió una mañana de domingo en el club Palermo y que se la presentó Luis Segura, su yerno, con quien solía jugar al golf y mantenía una estrecha relación. ¿Cuándo? Hay una fecha posible: 1936. Fue entonces cuando su yerno se separó de su hija después de cuatro años de matrimonio. ¿La causa fue la infidelidad (Noel sugiere que era un verdadero picaflor)? ¿O el escándalo que se produjo en la familia no bien se supo que le había presentado a Leonor a su padre? ¿O las dos cosas? De ser aceptado ese año como comienzo del romance hay que decir que para entonces Justo tenía sesenta años y la joven apenas veintiuno.

¿Cuál habrá sido el disparador de una relación tan distante en lo generacional? Justo no había dado nunca señales de poder caer en aventuras de ese tipo. Por el contrario, acreditaba fama de  hogareño, fanático de los libros y apegado a la familia. Se había casado a los veinticuatro años con Ana, una muchacha que conocía desde los siete y con quien se rencontró en un baile de graduación de los cadetes del Colegio Militar. El noviazgo cumplió con todos las formalidades de la época, pedido de mano incluido. Anita era una chica de “buena familia”, hija del general Liborio Bernal, quien había combatido contra el Chacho Peñaloza y su montonera, contra los indios araucanos en la frontera sur de Mendoza, y en la guerra contra el Paraguay, donde fue herido tres veces.

El pretendiente no era un desconocido para los Bernal, ya que Don Liborio y Don Agustín (el padre se llamaba igual que él) eran viejos amigos y sus hijos jugaban juntos. Pero el niño había crecido y se había convertido en un joven oficial a punto de recibirse de ingeniero, lo que lo había transformado en un buen partido. Y para colmo, era masón como su futuro suegro. Con tantos antecedentes favorables, la unión de Ana y Agustín encontró el camino allanado y no tuvo inconvenientes en cristalizarse. Se casaron con los mejores auspicios y la pronta llegada de los hijos acabó por fortalecer a la nueva familia. Durante los primeros tiempos, la pareja vivió casi exclusivamente de puertas adentro en una antigua quinta de Bella Vista adquirida a un caballero francés que había regresado a su patria.

Ana era una “mujer de su casa”, como correspondía al mandamiento social de entonces. Se mantuvo al margen de las actividades de su marido y nunca buscó figuración. Se conformó con ser “la señora de Justo” y cumplir con el protocolo que exigía la ascendente carrera de su cónyuge. Ferviente cristiana, entendió como un deber de su sexo la discreción, pese a la exposición pública de su marido.

Con aquellos antecedentes, ¿cómo es posible que el veterano general haya perdido la cabeza por la joven Leonor?  No bien se conocieron, el presidente y la hija de Hirsch se habrían prometido volver a verse. A escondidas, claro. Con todas las reservas del caso. Los sucesivos contactos estimularon a su vez nuevos acercamientos y lo que había empezado apenas con un té con simpatía pasó a ser una fogosa relación. Algunos testigos de la época aseguran inclusive que Agustín y Leonor aprovechaban las veladas del Colón para escabullirse de sus respectivos palcos y encontrarse furtivamente quién sabe en qué lugar oculto del teatro. Otros juran que el presidente tenía instalado en su casa un teléfono, disimulado detrás del mueble principal de la biblioteca, para mantener conversaciones secretas con su amada. Como haya sido, tantas movidas de piezas llamaron la atención de la paciente Ana, hasta que una vez (siempre hay una primera vez) la mujer descubrió el engaño de su marido haciéndolo seguir en su automóvil.

El escándalo fue inmediato. Ana planteó la situación de manera descarnada y amenazó con que no iba tolerar la infidelidad de su esposo aunque fuera el mismísimo presidente de la república. Justo se asustó: había mucho en juego. Y prometió enmendarse, terminar con el asunto en forma inmediata. El compromiso del general tranquilizó a medias a la mujer, quien no obstante pidió algo más: hacer un viaje juntos, él y ella, y toda la familia si era posible, a Europa, una vez terminada la presidencia. Un viaje largo, de seis meses como mínimo, que serviría para cambiar de aire y liquidar definitivamente aquella historia que la avergonzaba.

Justo accedió. Había que apagar ese fuego que amenazaba con echar todo a perder. Ya pensaría en algo... Y encontró una salida de emergencia.

El viaje a Europa en el Cap Arcona duraba quince días. Pero a pesar de tan extenso período no había espacio para el aburrimiento. El itinerario era el siguiente: Buenos Aires, Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Islas Madeira, Lisboa, Southampton, Boulogne Sur Mer y Hamburgo. La partida se produjo el 26 de abril y el arribo a Boulone Sur Mer, donde descendió la familia Justo, el 12 de mayo. Entretanto, los pasajeros disfrutaron de un abanico de actividades (6). Goce que comenzaba primero con el estómago durante las cuatro comidas previstas: desayuno, almuerzo, merienda y cena. Los chicos lo hacían en un comedor aparte junto a sus nanas. Los grandes en una mesa redonda ubicada en el imponente salón comedor,  que presidía el general, rodeado de mujer e hijas. Una orquesta interpretaba obras clásicas y melodías internacionales –incluido el tango- mientras los pasajeros hacían uso de los cubiertos.

El menú era para exquisitos y dado el precio del pasaje, no podía ser de otro modo. Algunos de los platos eran:  Beluga Malossol caviar frappé con langostas frescas de Belleveu, Filete de rodaballo frito con manteca negra, Rissotto a la Chartusini, Corderito con salsa de menta, Paté de poularde a la Nancy, Jamón Praga y Holstein, Pichones con tocino sobre champignones, Schaschlik a la Caucasienne, etcétera.

El barco contaba con cancha de tenis, piscina, sala de gimnasia, cubierta para deportes, salones y bares, biblioteca, telegrafía sin hilos, salón de peinados para señoras y peluquería para caballeros, un invernadero que vendía flores todo el año, bazar artístico para la compra de regalos y souvenirs, salón para fumadores, servicio de revelado de fotos y alquiler de cámaras… Nada faltaba. Y menos compañía. Porque eran numerosos los pasajeros argentinos con quienes Justo podía departir, como el terrateniente Carlos Menéndez Behety, quien viajó también con parte de los suyos o Jacinto Ruiz Guiñazú, a quien acompañaron once miembros de su opulenta familia.

Pero lo más llamativo fue la presencia de dos de los zares de las firmas exportadoras de granos, empezando por Jorge Born, quien viajó junto a siete de sus familiares, y nada menos que Luis de Ridder, quien a su vez lo hizo con catorce, batiendo el récord de parientes,  y seguro también de camarotes adquiridos por una sola persona. Faltó Alfredo Hirsch, pero alguien debía quedarse en Buenos Aires…

Durante el viaje el general Justo se mantenía al tanto de las novedades políticas que ocurrían en su país a través del servicio de la telegrafía. La lectura diaria y minuciosa de los radiotelegramas revela de qué modo todavía se empeñaba en seguir atento a las novedades en materia política en la Argentina, y a su vez descubre la familiaridad en el trato que tenía con muchos de sus interlocutores, empezando por el mismísimo presidente de la república. También desnuda  su preocupación por asegurar el patrimonio personal con la compra de terrenos, campos y casas,  tarea que había encomendado en su ausencia a uno de sus hombres de confianza, Mario Livingston. Este caballero, además de mantenerlo al corriente de las oportunidades inmobiliarias que se presentaban, le marcaba los pasos sobre otro asunto: cierto préstamo que Justo debía conseguir en Europa, aparentemente  para continuar con las obras de la flamante Avenida 9 de Julio, iniciada bajo su gestión. Esta operación se manejaba bajo el mayor de los secretos e incluía en una de sus etapas una entrevista en el viejo continente con un miembro de la familia Bemberg. Livingston le asegura a Justo que de salir todo bien, recibiría una comisión de 300.000 pesos.

El ex presidente fue recibido en Boulogne Sur Mer por su gran amigo, el embajador argentino en Inglaterra (antes lo había sido en Estados Unidos y Francia), Tomás Alberto Le Breton, quien se puso a sus órdenes y le abrió las puertas de las principales ciudades europeas. Así es como se dio el gusto de ser recibido en el Vaticano por Achille Ambrogio Damiano Ratti, el Papa Pío XI, hoy olvidado a pesar de que fue quien firmó los Pactos de Letrán con Italia, que convirtieron a la Ciudad del Vaticano en un estado soberano. Conoció a grandes personajes, fue agasajado en mansiones y clubes privados, y viajó de un lado al otro del continente. Y, por supuesto, pudo encontrarse con Leonor en reservados hoteles lejos de miradas indiscretas, para lo que el alud de invitaciones jugaba siempre a su favor.

Hasta que el diablo metió la cola…

De visita por Inglaterra, Justo argumentó querer viajar a Escocia para conocer por qué razón los ingleses preferían la carne de esa procedencia a la argentina.

-Vamos juntos, Agustín –le propuso Ana.

-De ninguna manera, querida. Es una visita aburrida. Voy a ver vacas, estancias, toros campeones… Nada entretenido para una mujer. Quedate acá, con las chicas. Salí a pasear. Divertite. Jugá al bridge. En un par de día estoy de vuelta.

El ex presidente se salió con la suya. Por supuesto, en Escocia no lo esperaba la carne de vaca sino la compañía exquisita de Leonor, con quien se alojó en una posada en Edimburgo (7). Pero quiso el destino que durante ese par de días en que se supone todo fue felicidad para el general correntino, falleciera la esposa de su amigo Le Breton. Si, doña Manuela Pereyra había dejado de existir en forma repentina, y Ana Bernal, conmovida por la funesta noticia, se puso en campaña para ubicar a su esposo. ¿Dónde está? En Escocia. ¿En qué ciudad? Ni idea. ¿En qué teléfono? NI idea. Desesperada por transmitir la novedad y para conseguir que Justo llegara a tiempo para el funeral de la mujer de su amigo, recurrió a la mismísima Scotland Yard.  Los servicios de seguridad no tardaron en dar con el ex presidente, a quien se anunciaron por teléfono desde la recepción de  la posada. En ese momento estaba con Leonor en la habitación…  Aterrado de que trascendieran las circunstancias en que fue hallado, Justo rogó del otro lado del aparato: “Agradezco a  las autoridades británicas las molestias que se han tomado. Eso sí, vuelvo a recordarles mi delicada situación. Está en juego el honor de una mujer, de apellido importante en la Argentina".

Superado el susto y con los colores de regreso a su cara, el general llegó a tiempo para dar el pésame al embajador.

Cruzó luego otra vez a Francia, recorrió algunos países más, hasta que llegó el momento del retorno a la patria lejana. El mundo se caía a pedazos –el comienzo de la Segunda Guerra Mundial estaba próximo- pero para Justo aquellos meses en Europa junto a su familia (y a Leonor) le habían devuelto la vitalidad. Hasta parecía más delgado.

El 29 de octubre descendió a paso lento por la escalerilla del Cap Arcona. Estaba de regreso en Buenos Aires y casi un centenar de personas agitaba pañuelos y sombreros en la rada del puerto para darle la bienvenida. Junto a él lo hizo su familia y el personal doméstico. Poco más tarde los mozos de cordel acomodaban en la dársena los 66 bultos que trajo de Europa, entre cajones, baúles, valijas, cajas y bolsos. No se había privado de casi nada. Entre el equipaje se destacaban cuatro cajones de libros que engrosaron su ya nutrida biblioteca, seis de champagne francés, uno de cognac… Y, según el historiador Rosendo Fraga (8) también trajo de Europa un automóvil Packard que compró para su esposa: él ya contaba con un Buick.

La relación con Leonor siguió. Sin embargo, al año siguiente, 1939, el tiempo y el traqueteo empezaron a pasarle factura al general, quien fue operado dos veces, primero de las amígdalas y luego del hígado. Más allá de 1940 se pierden los rastros del romance. Leonor Hirsch se casó más adelante con Justo José Caraballo, con quien tuvo dos hijos. Además de su vida familiar se transformó en una gran mecenas de la música clásica contemporánea razón por la cual sus hijos, a su muerte (1973), instituyeron un premio que lleva su nombre y cuyo objetivo es estimular la producción de la música de vanguardia. El certamen es administrado por la Fundación Bunge y Born.

El crucero Cap Arcona, que fue el escenario donde se desarrollaron buena parte de los acontecimientos aquí narrados, tuvo el más triste de los finales. Apenas un año después del viaje de los Justo, se lo desactivó del servicio de pasajeros –como a todos los buques mercantes alemanes- para asignarlo a tareas estratégicas: había empezado la Segunda Guerra Mundial.

Justo, bastante disminuido en su vigor físico luego de las dos operaciones a que fue sometido, intuyó quizás por esa causa que su sueño de volver a ser presidente no se iba a concretar. Murió poco después, a comienzos de 1943, un par de semanas después que lo hiciera su mujer. Ana había sido su gran compañera de toda la vida. Leonor, un ave de paso.

Dos años más tarde el Cap Arcona era bombardeado por la aviación británica (9) y hundido con su inesperada carga: cinco mil prisioneros de un campo de concentración. Se había convertido en una cárcel flotante aquel lugar donde algunos fueron tan felices….

 

Citas:

1: En el Lockheed B12 fallecieron:  el tenientecCoronel José F. Bergamini, Jefe del Regimiento Aéreo N° 1 (piloto); el mayor Víctor V. Vergani, Jefe de Grupo 1 de Observación (copiloto); el sargento primero Victorio Ángel Leveratto (mecánico); el sargento primero Rosa León Castillo (radiotelegrafista); el coronel Abraham Schweizer (jefe de la Casa Militar); el teniente coronel Firmo Horacio Posadas (edecán militar); el teniente coronel Antonio Berardo (jefe del Regimiento 1 de Artillería); el teniente de navío Juan Oreschink (ayudante del ministro de Marina) y Eduardo F. Justo (aviador civil e hijo menor del presidente de la Nación). Fuente: Biedma Recalde, Antonio, Crónica Histórica de la Aeronáutica Argentina,  Tomo dos , Circulo de Aeronáutica, 1968.

(2)“El Cap Arcona era la máxima expresión del lujo de su tiempo, un tres chimeneas de elegantes y estilizadas líneas, aunque, lo que no era del todo inusual en la época, la chimenea situada más a popa estaba colocada allí básicamente por razones de estética (en esto fue un fiel doble del Titanic, cuya cuarta chimenea servía también de simple conducto de ventilación de la sala de máquinas). En él viajaron príncipes, aristócratas, artistas y millonarios, algunos ciertamente caprichosos cuyas extravagancias irían formando el particular anecdotario del buque. Estaba especialmente concebido para navegar en latitudes de climatología benigna, por lo que su diseño era pródigo en espacios abiertos; así que, aunque la piscina era cubierta y climatizada por supuesto, sus privilegiados pasajeros podían permitirse jugar al tenis en una cancha de medidas reglamentarias. Su oferta gastronómica habría satisfecho las exigencias del gourmet más sofisticado de nuestros días, en su salón de baile, entre nobles maderas y lujosos revestimientos, sonaban los acordes del tango (anónimo) Cap Arcona y hasta Hans Leip, el compositor de la letra de Lili Marlene, le dedicó un poema, Luna de miel en el mar, con ocasión de su propio viaje de novios a bordo. Conocido como die Königin des Südatlantiks (la reina del Atlántico Sur) cobraría un significado especial en las vidas de los argentinos, pues durante los doce años que prestó servicio constituyó uno de sus principales nexos de unión física, social y económica con Europa”. (1) Morales Mariño, Rafael: “El Cap Arcona: del glamour al holocausto”.

3: Historical Dollar-to-Marks  Currency Conversion Page, created by Harold Marcuse, professor of german history at UC Santa Barbara (Prof. Marcuse's homepage)

4: The Year 1938 From The People History, en http://www.thepeoplehistory.com.

5: Noel, Martín Alberto, “Si, Juro. Agustín P. Justo y su tiempo”;  Buenos Aires, Corregidor, 1996.

6:  Fondo Documental Agustín P. Justo. Caja N° 2. Tema: Papeles personales. Fechas extremas: 1938-1939. Sala VII. N° 3184.

7: Noel, M.A; op, cit.

8: Fraga, Rosendo; El General Justo”;  Buenos Aires, Emecé, 1993.

9: “Las escenas de horror que mientras tanto se sucedían a bordo del Cap Arcona son duras de imaginar. Cerca de 5.000 seres humanos atrapados como ratas en un barco dimensionado para algo menos de dos mil que ardía lentamente pero con creciente vivacidad. La gente se agolpaba en los pocos lugares libres del fuego. La aglomeración era tal que el que caía al suelo moría por aplastamiento y algunos llegaron a salvarse corriendo por encima de las cabezas de sus compañeros apiñados. En un principio la tripulación logró arriar tres botes, pero los tres fueron volcados por avalanchas de náufragos presas de un pánico que era intensificado por las pasadas de ametrallamiento que siguieron al bombardeo. Un cuarto bote fue alcanzado por el fuego cuando aún pendía del pescante. Y eso fue todo lo que dieron de sí los magníficos medios de seguridad y salvamento de que otrora dispusiera el Cap Arcona. Las SS habían retirado y guardado bajo llave todos los salvavidas, chalecos, bancos de madera y cualquier objeto que pudiera servir como flotador…  Las escaleras principales en el interior del barco se derrumbaron impidiendo a la mayoría alcanzar las cubiertas superiores. Algunos, los de constitución más delgada, lograron saltar al agua a través de los ojos de buey, pero otros quedaron atascados y sus cuerpos calcinados en su mitad inferior e intactos en la superior. El Cap Arcona tardó más o menos una hora en empezar a escorarse a babor, lentamente al principio, pero más rápido cada vez, con un ruido ensordecedor. Hubo infelices que, aferrados a la cadena del ancla de estribor para no ahogarse, fueron aplastados por ésta contra el casco cuando súbitamente se tensó por la creciente escora del barco. En el agua los náufragos luchaban a muerte (literalmente) por algo a lo que aferrarse para acabar pereciendo igualmente a causa de las heridas, la hipotermia o simplemente por agotamiento…” . Morales Mariño, Rafael, Op. Cit.






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