DESPUÉS DE CASEROS (un poco de historia)
Aunque es común hablar de organización nacional a partir de 1852, cuando Urquiza se impuso a Rosas en la batalla de Caseros, faltaba todavía recorrer un largo trecho para que el país fuera una solo. Se reanudó entonces la pulseada entre Buenos Aires y el interior, una prolongada puja que recorrió casi todo el siglo XIX.
Entre
1852 y 1862 hubo dos estados en el territorio que hoy es
Entretanto,
se había sancionado la tercera Constitución Nacional en Santa Fe (1853), que
solo aceptó el interior.
La
convivencia entre los dos gobiernos estuvo rodeada siempre de tensiones, que
acabaron estallando en un nuevo choque de lanzas y fusiles. Hablamos de la
batalla de Pavón, la que Urquiza convirtió en victoria de Mitre, pese a que no
se había definido para bando alguno. Aquella decisión abrió el camino hacia la
lenta unificación del país (al de entonces, todavía sin los montes chaqueños ni
Fueron
hombres de Urquiza los que continuaron luchando: el Chacho Ángel Vicente Peñaloza,
Ricardo López Jordán, Felipe Varela, por nombrar solo a los más conocidos. La
guerra de
Pero el
rumbo unificador no se iba a torcer. Todas y cada una de aquellas rebeliones
terminaron siendo aplastadas por el ejército nacional. Para 1870 la batalla con
el interior se había ganado, más allá de algunas escaramuzas que siguieron. ¡Qué
singular que un año después el presidente Sarmiento inaugurara en Córdoba la
primera exposición industrial! Era un mensaje al mundo: derrotados los
bárbaros, se ingresaba en la civilización…
¿Fin de
las disputas? Nada de eso. Con los caudillos vencidos, la clase gobernante se
preparó para la pelea propia, entre pares. Sus duelos de sable y disparos de
trabuco aumentaron el tiraje de El Mosquito, el periódico que ridiculizó
magistralmente las asonadas de Mitre, los discursos incendiarios de Sarmiento y
la intolerancia porteña de Carlos Tejedor. Pero una vez resueltos esos
conflictos, bajo la égida de un partido todopoderoso (el PAN, Partido
Autonomista Nacional), el país avanzó decidido a su destino. O al destino que
soñaban sus gobernantes, mejor dicho.
Inglaterra,
por entonces amo del mundo, andaba por su segunda revolución industrial, la del
petróleo y el acero. Y
La
tierra, que se había repartido mal y entre pocos durante los gobiernos de Rivadavia
y Rosas, empezaba a ser un bien escaso. Y los límites del país, imprecisos
desde tiempos del Virreinato del Río de
Tuvo
apellido esa ofensiva y muy sonoro: Roca. Y dura como la piedra resultó, al
punto que llegó al exterminio. Algunos mercenarios hasta tuvieron piedra libre
para cazar indígenas (por caso, los onas) como si se trataran de focas.
Así se
llegó al final del siglo, con el país organizado a fuerza de sangre y sudores.
¿Qué
quedó de la hispanidad, de las damas antiguas y de las corridas de toros? Poco
y nada. La picota hizo nacer la plaza de Mayo de las ruinas de la vieja recova
y la queja del gaucho se convirtió en literatura de la mano de José Hernández.
Y como
si fuera poco, cientos de miles de inmigrantes empezaron a aclarar la piel de
los argentinos haciéndoles creer que ellos también eran europeos.



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