CÓMO SE VIVÍA EN EUROPA HACE MIL AÑOS (1a Parte)
La familia se sienta a
la mesa para cenar aprovechando las últimas luces del día. Están los abuelos,
los hijos y los nietos: las tres generaciones viven en una sola vivienda de
madera o adobe y comparten los mismos jergones, de a tres o de a cuatro. Junto
a ellos están sus animales, todos duermen bajo el mismo techo. La jornada
empezó con el sol y terminó con el crepúsculo. Nada se puede hacer bajo la
noche cerrada: las velas son un lujo que se reserva para los grandes
acontecimientos. Los platos de madera están servidos: pan, huevos, repollos
blancos y verdes condimentados con hinojos. Es mejor que la comida de anoche
cuando se sirvieron por enésima vez, habas y guisantes.
No muy lejos de allí
otra familia (la de algún propietario de tierras, o la del notario o del
boticario) vive otra situación. Su casa no es de madera sino de piedra o de
ladrillo, grande y espaciosa. Hay ambientes para todos y el lecho es una cuestión
individual. Tampoco debe apresurarse a cenar con luz diurna porque hay velas
para disfrutar de la noche. Y el menú es también diferente: empanadas fritas
rellenas de carne, lasañas con mucho queso rallado, buñuelos con flores de
sauco echados a la pasta y cocidos con aceite hirviendo y, de postre, manjar
blanco: arroz cocido en agua clara y preparado con pechuga de pollo, leche de
almendra y azúcar. Todo regado con buen vino tinto, por supuesto.
Unos como otros, tan
diferentes a la hora de sentarse a comer o en el momento de dormir, tienen sin
embargo varios puntos en común: viven dentro de la misma ciudad amurallada,
están estrechamente relacionados en materia económica (los unos trabajan las
tierras de los otros) y por sobre todo, comparten el mismo período histórico:
viven mil años atrás, en pleno corazón de la Edad Media.
¿Cómo era ese mundo que
parece perdido en la noche de los tiempos? Si lo medimos en la escala del
progreso técnico, las diferencias son abismales: no conocían la brújula ni la
pólvora, ni los espejos ni el timón, y ni siquiera los números arábigos
(todavía se usaban los números romanos). Tampoco se habían inventado los
anteojos ni los relojes mecánicos (los había de agua, de sol y de arena, poco
prácticos y precisos). El tenedor era sólo conocido por algunas familias
privilegiadas de Constantinopla, que a la caída de Roma (año 476) había tomado
la posta como faro de la civilización.
Se comía con la mano, y
a lo sumo se hacía uso del cuchillo y la cuchara. Todo, o casi todo, era de
madera. El hombre común estaba mal nutrido y vivía penando para extraer del
suelo el pan con herramientas irrisorias. La gran mayoría vivía en una pobreza
extrema. El rendimiento de la tierra era débil ya que era escarbada por un
precario arado de madera endurecida al fuego. Los más humildes vestían con
pieles de animales, casi como en el neolítico.
El pueblo vivía
temiendo el mañana: ¿habrá comida? ¿se enfermará alguno? ¿la tormenta terminará
con nuestra casa? Los hombres nunca salían solos porque se temía de los locos y
de los criminales que pululaban por los caminos. Las tasas de mortalidad eran
muy altas: una cuarta parte de los niños moría antes de los cinco años, y otra
cuarta parte antes de la pubertad. Esto hubiera disminuido irremediablemente la
población de no haber sido por la gran cantidad de nacimientos que compensó las
cifras. (Continuará)



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