Cositas de nuestras Primeras Damas (27)
Apenas 240 días ejerció como virrey del Río de la Plata don Pedro de Cevallos, el primero de todos, pero le bastaron para dejar su impronta imperecedera: un hijo, habido con María Luisa Bravo Sánchez o Pinto, una criolla de treinta años que lo había deslumbrado en un baile a poco de llegar a Buenos Aires, a fines de 1777. Para entonces, el flamante virrey tenía sesenta y dos, y toda su vida había sido viajar, combatir y administrar, sin tiempo para el amor ni para formar una familia. Era la segunda vez que venía al Río de la Plata, donde había actuado diez años como gobernador.
La pareja no las debe haber tenido nada fácil. Buenos Aires era una villa pequeña donde todos se conocían y en la que era imposible guardar un secreto, menos todavía los amores del virrey. ¿Por qué no se casaron? Los virreyes tenían expresamente prohibido casarse con naturales.
Cevallos, muy a su pesar, debió regresar a España en 1778, donde falleció en diciembre del mismo año. Algunos dicen que lo envenenaron, pero no hay manera de comprobarlo. Dejó su Buenos Aires querido en las luminosas manos del mexicano Juan José de Vértiz.
María Luisa no olvidó a su amante y llamó a su hijo, con orgullo, del mismo modo, Pedro Antonio, aunque reemplazó una letra del apellido: Ceballos en lugar de Cevallos. Lo crio sola y le dio la mejor educación posible, enviándolo al Colegio Monserrat, en Córdoba.
El joven Pedro Ceballos Pinto no la defraudó e hizo una gran carrera. Se radicó en Salta, adhirió a la Revolución de Mayo (lo que hubiera enfermado de nuevo a su padre), fue ministro de hacienda en los gobiernos del general Martín de Güemes, de Fernández Cornejo y de Gorriti. El director supremo Juan Martín de Pueyrredon le expidió los despachos de Contador Mayor Honorario de Buenos Aires. Casado con Juliana Figueroa Cornejo tuvo muchos hijos y una descendencia que se prolonga hasta la actualidad.
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