Cositas de nuestras Primeras Damas (14)
La primera “primera dama” de nuestra historia, con todo derecho, fue la segunda esposa de Cornelio Saavedra, doña María Saturnina Bárbara de Otárola y Rivero (1771-1842), no solo por una cuestión cronológica, sino porque según dijeron algunos testigos, se lo tomó muy a pecho. Saturnina era hija de un rico comerciante, y a la edad de 30 años se casó con el viudo Saavedra (su primera mujer había sido María Francisca Cabrera, con quien tuvo varios hijos). Lo contó así el jefe de los Patricios en sus Memorias: "Yo era un hombre viudo sin haber cumplido los cuarenta años. A cargo de tantos hijos, comprendí que el hogar necesitaba la presencia de una nueva compañera. La Providencia puso en mi camino a mi adorada doña Saturnina Bárbara de Otálora y Rivero, con quien contraje casamiento en el año 1801. Con ella acrecenté la prole, pues de nuestra unión nacieron Agustín, Dominga, Mariano, Francisco y tres angelitos que murieron: Pedro, Melitón y María Mercedes(...) Saturnina era hija de un matrimonio de malagueños conformado por el comandante Antonio Otálora y por doña Josefa del Rivero. Una de sus hermanas, Manuela, se unió en matrimonio al Coronel Manuel Soler. La otra hermana, Ana María, fue la segunda esposa de don Benito Rivadavia, padre de Bernardino Rivadavia, el secretario del Triunvirato que tanto daño me hizo".
Don Cornelio, al ejercer como presidente de la Junta Provisional, heredó las formalidades en el trato que recibía el virrey. Lo cuenta Ignacio Nuñez, historiador y testigo de la época: Saavedra recibió “el tratamiento de excelencia y los demás signos exteriores de distinción que habían ostentado los virreyes, como coches, lacayos, edecanes, escolta, honores militares en las guardias y cuarteles y asientos de preferencia en las concurrencias y funciones públicas”. Ese es el punto. Saturnina, dicen algunos, se solazaba (generando envidia) cada vez que concurría a la plaza de toros junto a su marido y se sentaba en el palco, debajo del palio que señalaba su rango. Esto no sería nada más que un detalle pintoresco sino se agregara que, en la famosa cena del 5 de diciembre de 1810, donde se celebró la victoria de Suipacha en el cuartel de Patricios (donde hoy está el Colegio Nacional Buenos Aires), habría tenido alguna complicidad en la entrega de la corona de azúcar a su esposo, aunque no la tuvo en las palabras de Atanasio Duarte, quien llamó a Saavedra “emperador de América del Sur”. Como se sabe, ese episodio generó el decreto de supresión de honores redactado por Mariano Moreno.

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