Dos meses y una semana después de que el
bombardero Bockscar soltara sobre la ciudad japonesa de Nagasaki a Fat Man, la segunda bomba atómica
arrojada por Estados Unidos sobre ese país, una multitud llenaba la Plaza de Mayo reclamando la
aparición del coronel Juan Domingo Perón. En el lejano Oriente se cerraba así, con
un genocidio, la terrible Segunda Guerra Mundial. En la Argentina comenzaba el
17 de octubre de 1945. con un movimiento de masas, el fenómeno político más
importante de su historia.
Eran los cuarenta, tiempos de radio, cine, de
grandes tiendas, de las chicas de Divito (por el dibujante que caricaturizaba a
las jóvenes de entonces con cinturas imposibles de tan ceñidas, en las páginas
de su revista, Rico Tipo) y de hombres con traje y sombrero. De canchas e
hipódromos llenos, y de un Luna Park rebosante cada sábado a la noche,
sobre todo si peleaban aquellos dos grandes que fueron Alfredo Prada y José
María Gatica.
Pero también era un país con el paso cambiado
desde aquel 6 de septiembre de 1930 que acabó con el gobierno de Yrigoyen y la
continuidad democrática, al menos formal, iniciada con Bartolomé Mitre en 1862.
El rumbo se había perdido entre botas, oligarquía y proscripciones. La década
infame se prolongó hasta 1943, cuando un nuevo golpe abrió las puertas al hasta
entonces desconocido coronel que se hizo cargo, en silencio, del Departamento
Nacional del Trabajo, convertido luego en Secretaría de Trabajo y Previsión. ¿Quién
podría imaginar, en medio de tantos desatinos, que un militar conquistaría el
favor de la clase trabajadora? Perón lo hizo. Obtuvo mejoras sustanciales para
el obrero a la par que crecía su rol político: durante el gobierno de Farrell
asumió simultáneamente el ministerio de Guerra y la Vicepresidencia de
la Nación, sin
dejar la Secretaría
de Trabajo. Un grupo de almirantes y de generales quiso obligarlo a renunciar…
ya era tarde. Lo detuvieron, sí, y lo confinaron en la isla Martín García. Pero
otra historia empezaba a escribirse, y esa vez no por una elite sino por
multitudes.
Perón ganó las elecciones en 1946 frente a la Unión Democrática, una alianza
que reunió a una coalición de partidos (radical, demócrata progresista,
socialista y comunista) detrás de la fórmula Tamborini-Mosca, pero cuya figura
más notoria no fue un argentino sino un estadounidense: el embajador Spruille
Braden. En forma casi inmediata, conciente de que era necesario construir
soberanía en un mundo que comenzaba a volverse peligrosamente bipolar, el nuevo
presidente tomó una serie de medidas audaces y hasta ese momento novedosas: la
nacionalización de los teléfonos y la electricidad, a lo que se sumó la
creación de Gas del Estado y Yacimientos Carboníferos Fiscales. La resolución
que más polémica despertó fue la estatización de los ferrocarriles, hasta
entonces en manos de ingleses y franceses, a raíz de que el material rodante estaba
envejecido. Raúl Scalabrini Ortiz, uno de los intelectuales que se acercó al
peronismo en la primera hora (como Arturo Jauretche, Homero Manzi y Leopoldo
Marechal), ya había escrito con sabiduría: “Quien afirma que los
ferrocarriles son hierro viejo, afirma una verdad clara como la luz del sol.
Pero quien de allí deduce que no deben ser expropiados y nacionalizados incurre
en un error de lógica porque no ha percibido el problema en toda su dimensión.
El material ferroviario está viejo indudablemente…Pero a pesar de esto, el
poder de los ferrocarriles no ceja… Aunque el material es viejo, el poder
político de los ferrocarriles se muestra lozano y brioso… Por eso el problema
ferroviario puede sintetizarse en la simple fórmula: adquirir los ferrocarriles
equivale a adquirir soberanía”.
Al lado de Perón brillaba con luz propia la
figura de Evita, la actriz sindicalista que se había casado con el general y
que despertaba lo mismo amores que odios. No había término medio: la adoraban
hasta el fanatismo o le deseaban el cáncer. Tanto antagonismo solo podía
anticipar el horror del 55.
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