MORDAZA Y PISTOLAS ARDIENTES

El desencanto y la evasión fueron dos de las características principales que marcaron la Argentina de los años treinta. Desencanto, porque la rutina del fraude político y de las proscripciones terminó por frustrar toda esperanza de participación política. Evasión, porque esa realidad hostil condujo a una salida a veces amarga, como el curioso encadenamiento de suicidios de personajes famosos como Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Lisandro de la Torre, y a veces agridulce, expresada en la búsqueda de un desahogo a través del arte.

La Argentina del general Agustín P. Justo (1932-1938) fue la del pacto Roca-Runciman, que para garantizar que los ingleses continuaran comprando nuestras carnes puso al país al nivel de una colonia. Ya lo había dicho con indisimulado orgullo el vicepresidente Julio Roca (h): “La geografía política no siempre logra en nuestros tiempos imponer sus límites territoriales a la actividad de la economía de las naciones. Así ha podido decir un publicista de celosa personalidad que la Argentina, por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”.

Y también fue la Argentina del más famoso debate en el Senado de nuestra historia, el de las carnes (1935), que terminó de un modo trágico cuando las balas del guardaespaldas del ministro Duhau, un tal Valdés Cora, que iban destinadas a Lisandro De la Torre, acabaron con la vida de Enzo Bordabehere. Después, el ministro Pinedo y De la Torre se batieron a duelo de pistolas. Pinedo disparó primero y a matar, pero erró la dirección; De la Torre tiró al aire. No hubo reconciliación. Duhau también retó a duelo al senador demócrata progresista, pero Lisandro le negó su condición de caballero por tener como guardaespaldas a un matón.

Ese mismo año, en Medellín, se mataba Carlos Gardel en un accidente de aviación. Repatriados sus restos, el entierro convocó a más de cien mil personas.

Eran tiempos de pistolas y de padrinos. De una Rosario transformada en la Chicago argentina por obra de la saga de los Galiffi, y de una Avellaneda donde mandaba el caudillo conservador Alberto Barceló, a quien secundaba el hampón Juan Ruggiero, alias Ruggierito, famoso por sus métodos para cometer el fraude político.

Poco cambió el panorama en 1938 con la asunción del nuevo presidente, el radical Roberto Marcelino Ortiz, producto de una alianza entre conservadores, socialistas (los famosos y extraños socialistas argentinos) y radicales anti-yrigoyenistas que recibió el nombre de Concordancia. Este abogado de los ferrocarriles ingleses tuvo mucha mala suerte. Después de asumir, al poco tiempo enfermó de diabetes y quedó ciego. No tuvo más remedio que renunciar (1942) y dejar el cargo en manos del vicepresidente, el conservador Ramón Castillo. Ortiz falleció ese mismo año, igual que Marcelo Torcuato de Alvear y el general Justo. Una generación daba paso a la siguiente.

El mundo estaba en guerra y el país amordazado. Y mientras se discutía si era mejor estar con los aliados o con los alemanes, los republicanos españoles que habían conseguido huir de la guerra civil, se peleaban a mano limpia con los franquistas en la esquina de Salta y Avenida de Mayo.

¿Y los argentinos? La crisis del treinta produjo una migración masiva de las provincias hacia los grandes centros urbanos, especialmente a Buenos Aires. Para entonces el intendente Mariano de Vedia y Mitre había remodelado el centro, ensanchado la avenida Corrientes, abierto la Nueve de Julio e instalado el Obelisco, uno de los símbolos de la porteñidad. El teatro y la radio eran grandes entretenimientos, pero la mayoría de las preferencias se las llevaba el cine. Para 1938 existían 29 estudios de filmación, y para 1940 se habían abierto 168 salas en Buenos Aires.



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